viernes, 16 de enero de 2009

Estamos a tiempo de hacernos la pregunta. ¿Será éste el annus horribilis de la crisis económica mundial? En realidad, el tránsito de 2008 a 2009 ha sido fluido y ordinario; los mismos males de uno los hereda el otro (crack financiero, caída a plomo de la construcción y la automoción, penalidades de las pymes sin liquidez…), con la excepción de las cifras dantescas de paro conocidas en enero (autonómicas y estatales, más invasivas éstas que aquéllas). Por alguna razón endémica (como la excesiva dependencia de la elefantiasis inmobiliaria), se cumplen los peores augurios del oráculo de la crisis, la OCDE, respecto a España como fiasco, como fábrica de parados. Con elusiva planificación, el presidente Zapatero logra en el Congreso posponer hasta febrero toda comparecencia explicativa sobre el récord de la vergüenza (más de 3 millones de parados al término de 2008). El comienzo de ejercicio se tornó una mala racha, con la colisión de problemas que quitan el sueño: el primero, el paro (para más del 70% de los ciudadanos, según el barómetro de diciembre del CIS), después el temporal de nieve y el caos de Barajas y media España, que se acordó de Magdalena Álvarez; y la amenaza de huelga de los jueces por la obsoleta maquinaria y falta de medios y la renuencia ante las reformas legales que les restan poder, amén del incidente del ‘caso Mari Luz’, que me temo que es la piedra en el zapato del Gobierno que le costará más de un callo.

Pero estamos a escasas fechas de la llegada de Obama a la Casa Blanca (o Casa Negra, en términos de un cromatismo político inédito, más allá del juego de palabras). El 20 ya es una efeméride de antemano. Velar por la seguridad del presidente que desafió las convenciones raciales y anuncia cambiar también la historia de las relaciones diplomáticas de la primera potencia, se ha convertido en tarea de todos, escarmentados por el desenlace de Kennedy y una necesidad casi taumatúrgica de que el joven negro guíe sin tropiezos (sin atentados personales ni más Iraqs) los destinos del mundo (desde los estadounidenses a los canarios, pasando por todos) con éxito. El primer presidente negro de los EEUU vino al mundo en medio de la primera gran crisis de la globalización. Habrá alguien que encuentre la profecía de Nostradumus y el símil del Mesías del Génesis trasunto de salvador de una crisis infernal. Todos queremos que triunfe y lo sentimos como una especie de presidente global inmortalizado en un afiche imitación de Warhol, de Gran Hermano benigno (antagónico del prototipo orwelliano de la célebre novela ‘1984’). Y empujaremos en la medida de nuestras fuerzas para que le vaya bien. Para que nos vaya bien.

Éste que se acaba (otro empieza con Obama en unos días) ha sido el mundo de Madoff, el gran estafador piramidal que timó a los ricos los ahorros millonarios que depositaron en sus manos de mago hasta hacerlos desaparecer. Por una calle de Santa Cruz me crucé anoche con una de las víctimas de Madoff. No digo el nombre, pero muchos sabrán a quién me refiero. Es un personaje silencioso que se desliza entre la gente, sin hacer ruido, con una timidez rutinaria y familiar, un hombre sencillo y entrañable, que tiene una fortuna inmensa y nadie lo diría cuando pasa a su lado. Y ése que acabó (o aguarda en su prórroga) ha sido el mundo de Bush y los famosos ataques preventivos. El de las falsas armas de destrucción masiva de Sadam. El mundo mendaz de Madoff y Bush. Esperando a Obama, como Vladimir y Estragon esperando a Godot, como si Beckett hubiera querido decir (aunque siempre lo negó) esperando a Dios.

Un año se va y otro viene, incluso insistiría en esa impresión de que el año nuevo aún no ha empezado, en realidad, de que esta vez comienza un 20 de enero, con el nuevo inquilino de la Casa Blanca y Negra. Como de la noche al día.

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