El paro se ha desbocado en España. Era previsible, pero rebasar la barrera de tres millones de personas sin trabajo plantea dudas razonables sobre la política de empleo en todo el país. La crisis económica, la misma para toda Europa, castiga al trabajador español más que a ningún otro. Si pensamos en clave familiar y no en términos macroeconómicos, de nada nos vale congratularnos de que ningún banco haya quebrado en España, si, en cambio, han quebrado en todo el año 2008 un millón de puestos de trabajo nada menos. Tampoco nos vale de nada lamentarnos por toda respuesta. Aquí viene como anillo al dedo la fabula titulada ‘¿Quién se ha llevado mi queso?”, de Spencer Johnson, que causa furor entre partidarios del pensamiento positivo desde comienzos de década. Mi sorpresa y decepción ante una cifra de paro tan brutal (¡3 millones de personas desocupadas y, por tanto, nominadas a vegetar en bares y a matar el tiempo como si todos los días fueran lunes al sol, o a frustrarse encerrados en casa sin saber qué hacer ni a dónde ir, o a repartir currículos hasta que suene la flauta, o a montar con suerte una empresa como autónomos, o a beber, o a gallofear y hasta delinquir, etc.) me dictan que hay que hacer algo y nunca quedarse con los brazos cruzados. Hacer algo pronto y eficaz que dé esperanzas desde la Administración a tantas decenas de miles de personas de que un nuevo empleo es posible. Y el parado ya sabe que no son tiempos para pensárselo dos veces, sino para aceptar la plaza que le ofrezcan sin reparar en distancias ni, muchas veces, en categorías profesionales; no digo sueldos, porque éstos, por mucho paro que haya y mucha necesidad de conseguir trabajo como sea, y toda la crisis que se quiera, nunca estarían justificados si entrañan explotación alguna por tratarse de una demanda desesperada. Urge aplicar la receta que sea, el fondo que sea para salvar a tres millones de personas que han perdido lo más importante, el trabajo. Esta crisis es la primera evidencia de la perversión del sistema de globalización económica: paga justo por pecador. El millón de españoles a los que la crisis el año pasado dejó en la calle no eran grandes fortunas estafadas por Madoff con su método piramidal, o grandes empresarios multinacionales que cayeron a pique en la bolsa. Eran trabajadores. Y lo han perdido todo.
Esta especie de katrina del mercado laboral español, en que todos los diques de contención del paro se han visto desbordados, exige una rápida acción contundente y eficaz, un plan de drenaje de empleo que evite una completa inundación y el desastre. Con el crecimiento del paro registrado en España en diciembre, 2008 ya pasa a la historia como el annus horribilis del empleo en el país desde que hace doce años que se mide su evolución. En los últimos doce meses hubo un millón de parados más, una cifra disparatada que multiplica casi por diez el mismo dato referido a 2007. En otras palabras, España pasa en tan sólo un año de dos millones a tres millones de personas en paro, un récord deshonroso que lidera el ránking de toda Europa y que en diciembre sólo fue comparable a Letonia. Ya la OCDE avisó de que España, a raíz de la crisis, era el país que peor lo iba a pasar en empleo, y el pronóstico iba a misa. Perder el trabajo es padecer la crisis en toda su crudeza, no hay mejor termómetro; lo demás son ganas de alardear de conocimientos macroeconómicos sobre la gran depresión del siglo XXI y bla bla bla, y análisis prospectivos para la galería. Crisis es quedarse en la ‘p…’ calle sin trabajo, sin sueldo, con una prestación en su caso que tiene fecha de caducidad, y con una edad no siempre propicia para buscarse la vida en otra actividad. La pérdida del puesto de trabajo es la señal inequívoca de que la economía se ha ido al carajo. Contar con empleo y vivienda son condiciones básicas que retratan la situación de un país a los ojos y los bolsillos de los ciudadanos. Se hace urgente, a partir de este momento, en que España supera el umbral psicológico de tres millones de parados, una reacción lo bastante convincente del Gobierno que acredite su capacidad para remontar la situación. Los 8.000 millones de euros para obras municipales a corto plazo pueden resultar una venda o una tirita en la herida y conviene saberlo cuanto antes, porque el paro va a seguir aumentando este año ya calificado de ‘nefasto’. No vaya a ser que por un exceso de confianza, se disparen todas las alarmas cuando ya sea tarde y saben que me estoy refiriendo a lo que me estoy refiriendo, porque esta ecuación es bien sencilla y termina reflejándose en términos de seguridad. El hecho de que las islas, que soportan 203.000 parados, estén registrando en los últimos meses crecimientos de desempleo menores que el resto del Estado, se ha visto ahora, en diciembre, más gráficamente, cuando el paro aumentó en toda España tres veces más que en Canarias, a pesar de que nuestras dificultades son mayores en proporción a las del conjunto del Estado. Para los próximos nueve meses, período crítico según todos los expertos, deben afinarse las mejores recetas locales y estatales para prevenir y paliar los casos de familias sin ayudas, sin empleo, sin recursos y, como ya estamos viendo, sin otro remedio que acudir a los comedores públicos para salir del paso. Cuando se llega a ese extremo se toca fondo y el Estado está tardando en lanzar un plan de rescate para los parados, cuando en Europa y, sobre todo, en Estados Unidos lo han hecho para los bancos, las constructoras, el sector automovilístico y, con un poco de suerte, hasta para Larry Flynt, el rey del porno, que ya ha puesto la mano pidiendo su parte de la tarta pública de solidaridad.