jueves, 18 de diciembre de 2008
Leo algunas reseñas de la presentación de la última (siempre penúltima) novela de un resucitado José Saramago, que, por cierto, desliza un cumplido de amor hacia su esposa Pilar ("ella no me dejó morir"). La obra, titulada, 'El viaje del elefante', narra un periplo metafórico aplicable a los días que nos toca vivir bajo esta crisis, la historia de un regalo singular del rey Carlos III de Portugal al archiduque Maximiliano de Austria, un elefante, de nombre Salomón, que es llevado a Viena con un desenlace humillante: le cortan  las patas para hacer recipientes para guardar bastones y paraguas. El Nobel afincado en Lanzarote, que cumple diez años del premio, dice que hay muchas agresiones a la dignidad humana, y pone de ejemplo (el escritor, si se me permite, canario-portugués suele extraer parábolas certeras de sus novelas) la crisis económica: "Es un atentado contra la dignidad humana", dijo cercano cada vez más a los 90, con la dignidad de una coherencia que nace de abajo arriba. Leer esta noticia y recordar otras palabras del mismo calado que me dijo, hace tanto, recién llegado a su refugio conejero, cuando publicó su 'Ensayo sobre la ceguera' (ahí también latía el problema de la dignidad), me lleva a reafirmar la sensación que tengo de un tiempo a esta parte de que es a través de la literatura, y no de la política, ni mucho menos de la economía, como podemos discutir, sin cortapisas ni sectarismos, el conflicto humano más importante de este comienzo de siglo: la defensa de la dignidad humana. Algo que trasciende la relectura de la declaración universal al respecto suscrita hace 60 años. La dignidad como principio en decadencia, arrasada por el mercantilismo ideológico, el abuso del poder, la influencia salvaje de este mismo soporte (Internet), y el menosprecio a las personas como seres indefensos desde el punto de vista de su moral, intimidad y, por tanto, dignidad. Otro escritor, Rafael Arozarena, publica 'Los ciegos de la media luna', novela inspirada en un viaje a Marruecos, sobre la calidad humana de ese reino vecino y la indignidad (indignante) de occidente. En el Café de France, de la célebre plaza de Xemaá el Fná, Juan Goytisolo, observa, piensa y, a veces, escribe sobre este mismo asunto en peligro de la dignidad humana. En la reciente cumbre hispano-marroquí de Madrid y en la visita preliminar a Rabat y Agadir, el presidente canario planteó (por enésima vez) una cosa tan simple como la necesidad de que se establezca la mediana, la frontera marítima, entre Marruecos y Canarias, algo elemental, desde luego, que nos recuerda que aún no se ha fijado si quiera el mar de las islas (el 'Mar de Canarias', como lo llama Santiago Pérez), las aguas interiores de un territorio insular como el nuestro, que para vergüenza de nuestra generación, por ese motivo, no puede denominarse propiamente archipiélago sino conjunto de islas sueltas. Otro atentado a la dignidad humana, en este caso de dos millones de canarios. ¿Ven, como les decía, que es al hilo de la literatura como mejor hilvanamos la actualidad y sus contenciosos cotidianos?
Comentarios
sábado, 20 de diciembre de 2008 - 13:59
Qué razón tienes Carmelo y qué bien hilvanas tú las palabras, como siempre, para hacernos reflexionar sobre lo que nos rodea y acontece a diario. Me parece una gran iniciativa este Blog. Tienes en mí una seguidora fiel.

Saludos, Felices Fiestas y suerte este Lunes con la lotería.
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