DICIEMBRE 2008 ENTRIES
miércoles, 24 de diciembre de 2008 - 13:04
 

La noticia navideña de los jueces y los niños es un escándalo. Al juez Calamita, que retrasó la adopción de una menor por una mujer lesbiana, otro juez de Murcia le ha impuesto una pena adecuada que trata de abortar cualquier brote ulterior de homofobia en los juzgados: más de dos años de inhabilitación, que le impedirán ejercer, y una multa ‘salada’ de 6.000 euros. El juez que lo castiga tiene claro, a la vista del caso, que lo que transpiran las actuaciones de Ferrín Calamita (¡qué apellido que invita a llamarlo ‘juez Calamidad’!) es una clara voluntad retardataria; alargó el proceso y exigió trámites inusuales con tal de ganar tiempo, seguramente con la esperanza de que el recurso del PP contra la ley de los matrimonios gays prosperara, en vano, o, como dice la sentencia, simplemente por “aburrir”. Si no se atajan a tiempo las veladas objeciones a la ley que homologa los derechos de parejas gays con los de las  heterosexuales (incluida la posibilidad de adopción) desembocaríamos, como dice la sentencia, en un sistema de fazañas y albedríos de difícil contención más adelante. El juez Calamita ( o Calamidad) piensa agotar todos los recursos, terminar en el Constitucional y, llegado el caso, plantarse con su causa ante el tribunal europeo de los derechos humanos. Está en su derecho, pero la sentencia que le condena nos sirve para comprobar que hay dos varas de medir, en materia infantil, a mi juicio perniciosamente.

 

Resulta que a ese otro juez que está en boca de todos, el juez Tirado (apellido que se presta a juegos de palabras), sus compañeros del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) lo han salvado de las galeras, y en lugar de castigarlo ejemplarmente, como pide el Gobierno (los jueces llaman a esto intromisión, yo lo llamo tirón de orejas por el descarado trato de favor gremial) y como pide la gente con un mínimo sentido común, han decidido (el mismo día de la condena a Calamita ‘calamidad’) mantenerle la pequeña y bochornosa multita de 1.500 euros, por una dejación no “muy grave” de sus funciones. Recordarán ustedes el caso porque ha levantado un revuelo enorme y los jueces se han sublevado como nunca y amenazaban una huelga para comienzos de 2009. El juez Rafael Tirado cometió una negligencia que costó la vida de una niña, Mari Luz, vecina de un barrio de Huelva, donde vivía el pederasta Santiago del Valle. El, a mi juicio, muy gravísimo desliz del juez consistió en no meterlo en la cárcel a tiempo pese a que había sido condenado a prisión por abusar de su propia hija (¡que alimañas conviven con seres humanos haciéndose pasar por miembros de la misma especie, horror!), y aprovechando su libertad al parecer mató a la pequeña, caso que está siendo juzgado ahora. La madre de la niña, Irene Suárez, vivió una época en Añaza (Tenerife) y tiene familiares que permanecen en la isla. Entrevisté al padre de la víctima, Juan José Cortés. Coincido con todo el mundo en que es un líder social, una persona con la cabeza sosegada y los principios a flor de piel. Juan José trinaba ahora, al conocer el salvoconducto de los vocales del CGPJ al juez Tirado. Esperaba que lo apartaron un tiempo de la carrera para cortar de raíz cualquier tentación de indulgencia con los jueces permisivos o indolentes a la hora de ejecutar las sentencias contra pedófilos, fuera por problemas burocráticos (no es ningún secreto el caos tercermundista de los juzgados por falta de medios) o por simple dejadez. El padre de Mari Luz ha recogido miles de firmas para que los maltratadores de niños cumplan cadena perpetua. Me contó que este tipo de delitos registra una alta reincidencia y no hay manera de garantizar la seguridad de los niños cuando un pederasta es puesto en libertad. Pero los vocales de los jueces entienden que Rafael Tirado cometió, tan sólo, “una desatención leve” en el desempeñó de sus funciones. Cuesta aceptar el veredicto, insultantemente corporativo, que dulcifica el patinazo con resultado de muerte del juez en cuestión, al margen de que podamos concederle la involuntariedad desgraciada de su metedura de pata.

 

El Gobierno de Zapatero ha sido acusado por los jueces de quererles presionar para dar un escarmiento a Tirado. Los jueces consideran un éxito de la profesión haber reafirmado la multa como mal menor y pasar página; incluso, uno de los vocales consideró que el juez no debía ni tan siquiera ser multado. El caso no va a quedar ahí. Habrá, como se anuncia, reformas legales en el Congreso para evitar nuevos casos Tirado, y la fiscalía recurrirá la decisión.

 

En las islas guardamos una especial sensibilidad sobre la protección de los niños, ante la desaparición no esclarecida de Sara y Yeremi (sobre ambos he intervenido en sendos programas de la Televisión Canaria y sigo de cerca la investigación con la esperanza de que estén con vida). En la sociedad canaria hay una incomprensible propensión a cometer estos delitos, y de hecho en las continuas redadas policiales contra redes de pornografía infantil en Internet suelen figurar implicados con residencia en las islas, algo que no acabamos de comprender. Tenemos que dirimir con urgencia las causas sociales de este fenómeno, que corre en paralelo con la lacra de la violencia de género (terrorismo doméstico). El juicio sobre las agresiones (torturas, diría, para hablar claro) sufridas por la niña Alba a manos presuntamente de su padrastro estremecen y conmueven. En este contexto, dejar en “una desatención leve” el error del juez Tirado, crea alarma y los ciudadanos, ante el escándalo del escándalo, viven la polémica escandalizados.

jueves, 18 de diciembre de 2008 - 11:01
Leo algunas reseñas de la presentación de la última (siempre penúltima) novela de un resucitado José Saramago, que, por cierto, desliza un cumplido de amor hacia su esposa Pilar ("ella no me dejó morir"). La obra, titulada, 'El viaje del elefante', narra un periplo metafórico aplicable a los días que nos toca vivir bajo esta crisis, la historia de un regalo singular del rey Carlos III de Portugal al archiduque Maximiliano de Austria, un elefante, de nombre Salomón, que es llevado a Viena con un desenlace humillante: le cortan  las patas para hacer recipientes para guardar bastones y paraguas. El Nobel afincado en Lanzarote, que cumple diez años del premio, dice que hay muchas agresiones a la dignidad humana, y pone de ejemplo (el escritor, si se me permite, canario-portugués suele extraer parábolas certeras de sus novelas) la crisis económica: "Es un atentado contra la dignidad humana", dijo cercano cada vez más a los 90, con la dignidad de una coherencia que nace de abajo arriba. Leer esta noticia y recordar otras palabras del mismo calado que me dijo, hace tanto, recién llegado a su refugio conejero, cuando publicó su 'Ensayo sobre la ceguera' (ahí también latía el problema de la dignidad), me lleva a reafirmar la sensación que tengo de un tiempo a esta parte de que es a través de la literatura, y no de la política, ni mucho menos de la economía, como podemos discutir, sin cortapisas ni sectarismos, el conflicto humano más importante de este comienzo de siglo: la defensa de la dignidad humana. Algo que trasciende la relectura de la declaración universal al respecto suscrita hace 60 años. La dignidad como principio en decadencia, arrasada por el mercantilismo ideológico, el abuso del poder, la influencia salvaje de este mismo soporte (Internet), y el menosprecio a las personas como seres indefensos desde el punto de vista de su moral, intimidad y, por tanto, dignidad. Otro escritor, Rafael Arozarena, publica 'Los ciegos de la media luna', novela inspirada en un viaje a Marruecos, sobre la calidad humana de ese reino vecino y la indignidad (indignante) de occidente. En el Café de France, de la célebre plaza de Xemaá el Fná, Juan Goytisolo, observa, piensa y, a veces, escribe sobre este mismo asunto en peligro de la dignidad humana. En la reciente cumbre hispano-marroquí de Madrid y en la visita preliminar a Rabat y Agadir, el presidente canario planteó (por enésima vez) una cosa tan simple como la necesidad de que se establezca la mediana, la frontera marítima, entre Marruecos y Canarias, algo elemental, desde luego, que nos recuerda que aún no se ha fijado si quiera el mar de las islas (el 'Mar de Canarias', como lo llama Santiago Pérez), las aguas interiores de un territorio insular como el nuestro, que para vergüenza de nuestra generación, por ese motivo, no puede denominarse propiamente archipiélago sino conjunto de islas sueltas. Otro atentado a la dignidad humana, en este caso de dos millones de canarios. ¿Ven, como les decía, que es al hilo de la literatura como mejor hilvanamos la actualidad y sus contenciosos cotidianos?
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lunes, 15 de diciembre de 2008 - 15:53
  A la gran mayoría de los residentes en las islas les preocupa una sola cosa: el paro. Exactamente, al 75% de los residentes en Canarias, según el último barómetro del Consejo Económico y Social (CES). No quieren verse en el pellejo del vecino desempleado que anda como un zombi por las calles del barrio sintiendose una birria. Conocen demasiado ese perfil de amargado social, derrotista, desganado, fácilmente irritable, que muchas veces bebe más de la cuenta y mata el tiempo dejando un rastro de desidia de un lado para otro, del bar a la plaza, blasfemando como un carretero porque no tiene nada que hacer. Ese especimen mal visto es el mismo que en otro tiempo no lejano, cuando cumplía un horario en una empresa decente, bromeaba a menudo y todos tenían el mejor concepto de él. El paro transforma, enferma y debilita. Y acarrea inseguridad, cuestión que aparco para otro día.  El síndrome cinematográfico del lunes al sol amenaza al común de los mortales, bajo la crisis. Nadie está libre del riesgo de caer en las garras del paro. Como un jubilado prematuro, el parado, de cualquier edad, vegeta y siente que el día se le cae a plomo encima y lo aplasta. La economía del mundo padece los efectos de una bomba atómica financiera, cuya onda expansiva en todas direcciones abarca a la totalidad del planeta. Ninguno de los viejos pilares de la economía gozan ahora mismo del más mínimo prestigio y confianza: ni los bancos, ni los organismos supervisores, ni las múltiples compañías gestoras de fondos de inversión. El último escándalo, o el penúltimo mejor dicho, lo protagoniza desde la semana pasada un tal Madoff, una respetable autoridad de las finanzas en Estados Unidos que resulta quie era un ladrón, un perfecto sinvergüenza, que estafó a clientes de élite con el burdo truco del mandruco del timo piramidal (que, por cierto, se extiende entre nosotros, en las islas, ahora mismo, sin que nadie parezca inmutarse), y así ha volatilizado 50.000 millones de dólares como si nada (o los ha escondido, a saber). La codicia universal se extiende de un extremo a otro del mundo, como el antrax de la economía caduca de la globalización, y está envenenando las relaciones humanas y la fe en la política misma, en Kenia o en Chicago, donde un macarra heredero de la sórdida escuela de Al Capone en los años 20, ácaba de arrojar la primera sombra de sospecha sobre la inmaculada figura de Obama, al detectarse que había puesto en almoneda el cargo de sucesor del senador de Illinois que el 20 de enero se mudará a la Casa Blanca. La corrupción y el pillaje de banqueros, madoffs, empresarios y políticos sin moral destruye los cimientos no sólo del capitalismo, sino de la democracia misma. Y al que pierde el empleo por culpa de todos esos indeseables, que no le vengan con planes de inversión a medio y largo plazo; que le devuelvan lo que es suyo: el puesto de trabajo.
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jueves, 11 de diciembre de 2008 - 20:08

El ideal de este blog sería, de antemano, erradicar todo asomo de adulteración en los temas y opiniones que vierta por mi parte y, a ser posible, también de la otra parte. Ése es un objetivo que ya sé que se asocia al ámbito de la utopía, pero quienes me conocen de primera mano y no de tercera o cuarta que se empecinan en encasillarnos en su clichet  favorito, saben que abro la boca sólo para decir lo que pienso. En mi equipaje se agolpan noticias y lecturas, reflexiones y confidencias que iré desgranado con sumo gusto. Espero que de este laboratorio salgan a la luz razonamientos que puedan sernos útiles en términos colectivos. Soy algo reacio a las pérdidas de tiempo, tanto como a esa amalgama sórdida de prejuicio y mala leche que embadurnan los foros de Internet sin otro propósito que desahogar el caudal de exabruptos que una vida perra o la condición elegida de perro en la vida provocan en más de uno. Tengo la esperanza, no digo la obsesión, de que siempre saquemos algo en claro. Considerando que este blopg viene el amundo en una época de crisis, preveo que a menudo abordaré las mil y una aristas de este caos, pero, más allá de las palabras que amenazan dominarnos la conversación (paro, inflación, morosidad, cierres, despidos,recesión, depresión...), haremos contrapeso, siempre que podamos, con otras que inviten a sortear los obstáculos y mirar la vida con mejor cara. Ahora mismo, mientras escribo, en Europa, los jefes de Estado y de Gobierno están  reunidos para decidir cómo aplicar sus recetas de rescate anticrisis, cómo afrontar el cambio climático en estas circunmtancias inesperadas y cómo desbloquear (esta palabra me gusta en un sitio como éste) el Tratado de Lisboa. Acaban de acordar que Irlanda repita el referéndum, en que votó no, antes de noviembre de 2009. A mi juicio, la presidencia francesa, que culmina su período semestral, ha sido dinámica y efectiva (amén de efectista, pero le reconozco haber sufrido de lleno la gran explosión de la crisis y haber afrontado, pese a las divisiones, medidas trascendentales en el momento más grave de la historia del capitalismo, un suceso que tardará en repetirse), pero hemos de admitir, a su vez, que, bajo la impronta de Sarkozy, se instaló como recurso una política pragmática por encima de las ideologías. De ahí, esta segunda oportunidad a Irlanda, cuando el 'no' francoholándés abortó en su día la posibilidad de una Constitución europea. Me pregunto, desde una Canarias que espera mucho de la nueva Europa, si a partir de ahora se saltarán todas las alarmas, reglas y ortodoxias para resolver los problemas, uno a uno, sin más horizonte que el corto plazo.

 

 

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