La negociación de un nuevo Régimen Económico Fiscal (REF) que se acomode a las pautas del próximo período europeo de 2014 a 2020 no será un camino de rosas. Para empezar, es un trámite ensombrecido por las desavenencias entre los gobiernos canario y central y los apremios de una crisis que borra del mapa cualquier otra prioridad.
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El cauce que ha recorrido la comunidad en 30 años de gobiernos hasta desembocar en este mes del Día de Canarias ha sido, cuando menos, sinuoso.
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Pedro Quevedo, diputado de NC por las Palmas en el Congreso, entrevistado en ‘El Envite’ (TVC)

  • ”Bruselas igual logra que algún país rompa la baraja y se produzca una cascada”
  • ”La política ha claudicado ante poderes que no son elegidos por la gente”
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.El dirigente palmero propone a López Aguilar para la secretaria general del PSOE nacional
.Los pactos en La Palma...
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Imagen: Antonio Muñoz Molina (i). Sabina (d) Fotografía de Carlos Schwartz para la portada de 'Viaje a las Islas Canarias'.
La felicidad de viajar. Lo dice el autor, que no ha parado de viajar en medio siglo. Graham Green sentía haber vivido más tiempo que su edad y lo atribuía a haber viajado mucho. Y un estudio reciente de la Universidad de Vermont explica que se es feliz cuanto más lejos se va. Cita Juan sitios a los que fui hace algunos años: Montevideo, Buenos Aires, San Antonio de Texas, y los menciona para hablar del viaje interior a Canarias, porque estas islas son de África, pero también de América y de Europa. Los canarios tenemos esa triple continentalidad. Y Juan, entonces, se sumerge en su tierra, como si volviera a su Ítaca tras dar vueltas por el mundo, sin temor a lestrigones ni cíclopes, como aconseja Kavafis, y se entristece de alegría como esas folías que dice la canción de Los Sabandeños que “son alegres y muy tristes de cantar”. Va a ver el drago de Icod, como Alberti. Se pregunta por el origen de los guanches, le impresiona esa versión de Abreu Galindo, según la cual los romanos les cortaron la lengua y los abandonaron en estas islas como un castigo por sublevarse en la provincia mauritana. Rememora la llegada de Breton con su proyecto surrealista. Habla de las frivolidades de Colón y Beatriz de Bobadilla, porque todas las historias tienen un idilio escondido en algún hueco. Los huecos le intrigan mucho a Juan. El fotógrafo Chris Buck da medio minuto a sus modelos para que se escondan, y entonces dispara. La foto muestra el sitio donde el protagonista estuvo y del que se evadió. Cada foto es su hueco. Como si todo se lo llevara una de esas ventoleras del Médano, donde tiene su casa en Tenerife, van quedando los huecos, las ausencias. ¿Por qué Juan no se está quieto nunca, por qué salió tan hiperactivo? Él cuenta la teoría del consejo de la matrona a su madre, cuando momentos antes de parir se disponía a tomar café: que sólo tomara un buchito, le dijo, para que el niño no saliera nervioso, pero la madre se tomó la taza entera. Los que piensan que no duerme, quizá porque nació desvelado producto del café, o que tiene el don de la ubicuidad, deberían leer este tándem de libros para confirmar la teoría.
En el viaje a Canarias recuerda la estancia de Aldecoa en La Graciosa, donde escribió la novela maestra que leí hace tanto como un descubrimiento del islote mítico de la infancia de mi padre conejero: ‘Parte de una historia’. No me imagino a Juan recluido en la Graciosa como Aldecoa. Al día siguiente estaría con la cabeza en otra parte, como pasa en este libro de trashumante interinsular. Ni como Unamuno desterrado en Fuerteventura, donde dice el autor que el vasco nos caló, nos miró por dentro la tristeza, la soñarrera. La tristeza de un solipsismo isla adentro con los malos vientos que vienen y van. La tristeza de las hambrunas cíclicas, como ahora toca. A veces los escritores se vuelven tristes, nos dice. Benedetti se volvió triste, según lo describe el autor que fue su editor. Un día, en el sur de Tenerife, en un acto de homenaje a su obra en el festival ‘Son Latinos’, recordará Juan, don Mario se ausentó de la mesa en la que nos hablaba porque se asfixiaba. Juan, como el poeta uruguayo o el Che, sabe de la importancia que tiene el aire. Los asmáticos viven pendientes del aire. Penden del aire. Vuelan. Viajan. Eliseo Alberto, el hijo del poeta cubano Eliseo Diego, era otro escritor que se fue entristeciendo. Y una noche, en Madrid, cuando le habían dado el Alfaguara junto a Sergio Ramírez, nos contó que le había recomendado a García Márquez que escribiera una novela sobre la muerte. El nicaragüense Ramírez, autor de ’Margarita, está linda la mar’, nos habló una noche en el Mencey a Juan y a mí de sus tratos con Gadafi cuando era sandinista. ¡Lo que va de ayer a hoy! “La vida es ir y venir”, afirma este periodista que predica con el ejemplo. Ir y venir.
Como se le iban y venían a veces los autores que él editaba y apreciaba: lo que lamentó la marcha de Muñoz Molina y cómo celebró que retornara a las páginas de El País. Ir y venir, de las sabinas recostadas de El Hierro (como la de la de la foto de Carlos A. Schwartz que ilustra la portada)  Tindaya, la montaña imposible de Chillida; de la casa de Manolo Padorno en las Canteras a las calles del Puerto de la Cruz por donde paseó Bertrand Russell. Aquí está contenida la isla Juan Cruz en un mar de letras. “Periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”, le escuchó decir a Eugenio Scalfari, y esta es  otra sabia cita divulgada por Juan Cruz. Aquí está inmerso en las cosas, lleno de historias y kilómetros, un viajero con el alma cubierta de paisajes y personajes. Un escritor hecho y derecho, que ahora dice lo que le da la gana. Un ciberescéptico que desconfía de la ‘revolución’ de Internet y que confía en la convivencia de los libros y periódicos impresos con los periódicos y los libros digitales. Y aunque periódicos y libros nunca vuelvan a ser lo que fueron, ya me conformaría con que siempre hubiera un juancruz en cada generación venidera que no se quedara ni un minuto quieto como si todos los días fueran a ser el último y todos los teléfonos fueran a sonar a la vez.
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Alexander von Humboldt (i). Retrato de 1847 (Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia). Domingo Pérez Minik (d)Fotografía de Eduardo Westerdahl.
Juan es un periodista y escritor europeo de una biografía viajada. Devoré sus dos últimos libros de geografía y autobiografía mientras terminaba de leer la póstuma memoria adolescente de Foster Wallace, ‘El rey pálido’, y comprendí la idea de las tarjetas postales que  la infancia nos envía, como se sentencia al principio de este ‘viaje’ por las Islas Canarias que publica El País Aguilar. El autor llevaba a Humboldt y a Pérez Minik en la mochila. Al naturalista y al ensayista de la condición humana del insular. El autor lo mismo es peregrino en su tierra que un periodista y editor transfronterizo, y todo en él es literatura y viaje de la memoria, novela errante como en Chatwin. Funde en el mismo torrente los pasajes del oficio y de la vida, los años posesivos en El País y el alumbramiento de Eva, la hija. Destila ternura, amor por el uno y la otra, como si le consternara querer tanto al periódico de su vida y haber podido robarle tiempo a la hija que es de su sangre como el periódico que lleva en las venas. El lector se convierte en confesor del autor y lo comprende. Le conmueven a Juan, al pronunciarlas, las palabras ‘Atlántico’ y ‘Canarias’. Son dos palabras hermosas, como me dijo Fernando Beltrán, de ‘El nombre de las cosas’. Estos son libros que nacen en tiempos de crisis.
En el viaje por las islas, aparece en primer lugar Angela Merkel mezclando almogrote con zumo de naranja en el comedor de Juana en La Gomera. Y el estilo del autor se vuelve por momentos barroco en homenaje a Gabriel García Márquez, que había pretendido en vano, en ‘Cien años de soledad’, repoblar Macondo con pájaros canarios, que a la primera de cambio salían volando hacia las islas originarias. Juan dice aquí que la comida y la manera de comerla es lo que nos define a los canarios. Se enfrenta a un guiso gomero y es como si se le desataran todos los recuerdos de la infancia. O sea, como un guiso de Proust. En mi caso, esas huellas de niño reaparecen en la playa de la memoria cuando el autor me transporta a los farallones de Anaga y me conduce hasta Taganana, donde vivía Ambrosio ‘el Fenómeno’, que tocaba el timple y se dejaba fotografiar con los turistas, y yo pastoreaba y ordeñaba cabras, que a Juan le remite a su natal Puerto de la Cruz, a la cabra familiar –ese tótem, tan sagrado como la vaca en la India o la llama en Perú-, con cuya leche y gofio desayunaba su padre “a la luz indecisa de la madrugada”. En este crepúsculo de los oficios del autor, hay viejas costumbres que no mueren del todo, como ese hábito paterno de afeitarse delante de un espejo chiquito que fracciona la cara, a la antigua usanza.
Cuenta el autor que el editor Peter Mayer –que le propuso hacer este viaje introspectivo a Canarias- seguía recortando periódicos en busca de historias e ideas. La misma manía que me reprocha mi mujer, que lee a Dostoyevski en versión ebook. ¿Qué será de los escritores el día de mañana, cuando ya no puedan leerse en un libro impreso como habían hecho siempre? Juan ha tratado a esta gente, los escritores, que son “mariposas que tienen miedo a ser efímeras”, como le dijo el editor Michael Korda, que trató a Norman Mailer y Truman Capote, los últimos escritores estrella. Y siente una enorme compasión por ese mundo que se va por un desagüe sin saber muy bien hacia dónde. Se siente hijo del boom latinoamericano, de su amigo Vargas Llosa, a quien ayudó todo lo que pudo como editor a ganar el Nobel, como a Saramago y a Günter Grass: ¡tres champions! ¡Le ganó a Mouriño este culé! Se siente heredero de su admirado Cortázar, de quien leí de puño y letra una carta dirigida a Vargas Llosa, confesándole sus dudas sobre la calidad final de ‘Rayuela’. La carta figuraba en la exposición homenaje al escritor peruano en la Casa O’Higgins, que visitamos mi esposa Lucía y yo en Lima, cuando nuestro hijo aún no había emprendido su viaje, que es, en definitiva, el leitmotiv que nos cita hoy aquí.
Juan adora a esa generación que acaba de cumplir cincuenta años. A Carlos Fuentes, que una noche en el Jardín Tropical de Tenerife, nos deleitó con historias de cine y se fue a Lanzarote a ver a Saramago mientras releía el Quijote. Juan no tira la toalla. El ocaso del periodismo y el libro impresos es como aquella larga erupción de Lanzarote en el siglo XVIII, que nos describe el caminante. Una progresiva agonía, lenta como una desmemoria pausada. Como el síndrome senil de García Márquez, que está presente en las dos obras, y ahora vive una especie de borrón y cuenta nueva sin darse cuenta, como si fuera dejando ‘gabos sueltos’. Es un viaje épico a los confines de la literatura el que se ha propuesto este escritor y periodista y editor portuense, que va de Zacatecas a la isla de Yeu, siempre detrás de alguien a quien preguntarle algo. J.K.Rowling, la creadora de Harry Potter, le parece una mujer que quiere estar sola, como si la fama fuera un monstruo que la poseyera diabólicamente. A Günter Grass, que ha pasado vacaciones en La Palma, Juan le quiso enviar un jamón, pero se lo robaron; se lo envió por segunda vez y el Nobel alemán recibió una piedra, como si siguiera estando presente, dice el autor, la mano del ladrón. Pero Juan atribuye al autor de ‘El tambor de hojalata’ cierta responsabilidad providencial indirecta en su reconstrucción matrimonial. En una vida entre libros y autores, éstos acaban teniendo una influencia decisiva hasta en tu vida íntima.
 
 
 
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Imágenes: César Manrique (i), Javier Marías (d).
El libro de papel y las islas de lava. César Manrique, que corre por las páginas del viaje de Juan como un alisio salvaje era un ávido lector de la naturaleza. Juan lo conoció muy bien. César nos dijo a mi hermano y a mí en Lanzarote, un año antes de morir, que se sentía “eterno como la naturaleza”. En la exposición que está abierta en el Espacio Cultural de CajaCanarias, César pasea como le gusta hacer a mi hijo Ángel Benza entre las piedras de la playa, las toma en la mano, la manosea, las devuelve al agua y en todo momento es alguien que está leyendo el paisaje. Como hace el autor de estas páginas, que lee las islas mientras las viaja, en el sentido literal de la palabra, como me dijo una vez que lee la vida el periodista Alfonso González Jerez. Esa parte del viaje de Juan me emocionó. Me emociona acordarme de César Manrique, el único canario, quizá, que todos los canarios hemos querido verdaderamente con tan insólito consenso.
El libro de Juan es una delicia. Está escrito con una entrega personal que adivino, por momentos, desgarradora. Los dos son libros escritos con amor y dolor, mientras el autor leía ‘Los enamoramientos’, de Javier Marías. Conozco bien a Juan en persona y en sus libros, y sé que esto está escrito con el alma, a veces con el alma rota. Su madre. Habla de su madre –hoy es el día de las madres- y es como si hablara de la mía. No iban a los sitios, los miraban a distancia. La madre de Juan nunca fue al Teide, pero lo veía todos los días, porque lo tenía a la vista. En la memoria del periodista de El País que fue editor de Alfaguara hay una colosal, casi póstuma verdad. No hablo de las tumbas destinadas a acoger a dos viejos oficios. Hablo del oficio de vivir, que decía Pavese, presente también en el repertorio del autor, que menciona al ‘pavese’ nuestro, Ezequiel Pérez Plasencia. ¿Cuántas vidas ha vivido en su vida este periodista y editor que da la impresión de haber estado dando la vuelta al mundo sin parar la ‘pata’? El libro ‘Especies en extinción’, de Tusquets,  es de obligada lectura para quienes amen no sólo el periodismo o la literatura, sino la vida. Yo he aprendido cosas de vivir que no sabía, leyéndolo al galope, en un continuo sobresalto, como está escrito, al estilo sincopado que autoriza Montaigne, mientras cantaba de fondo José Alfredo Jiménez, que Chavela Vargas me decía que no fue más bebedor que ella, pero sí tuvo la desgracia de tener peor hígado. Y estas páginas, que ya dije que son un acto de amor a los oficios y a los seres queridos, a veces, también están escritas con el hígado. Hepática y empáticamente. Páginas que duelen. Me impresionó leerle a Juan decir que con 50 y tantos años, tras doce al frente de Alfaguara, todavía quería volver al periodismo, y lo hizo, y entró en aquella Redacción que conozco bien de la calle Miguel Yuste, y se sentó como un principiante delante de su jefe a pedirle trabajo. Y el jefe le dijo sin acritud: “Mándame un email”. Y se vio en un cuarto oscuro haciendo méritos. Y un día, Soledad Gallego Díaz lo rescató: le encargó hacer un reportaje, al fin. Y fue feliz como un veterano de guerra que volvía al frente a pegar tiros al aire. Del aire hablo después. Juan lo cuenta con una pena exultante, porque la vida está hecha –nos lo decía Valdano- de éxitos y fracasos.
De esos altibajos en el periodismo conozco algo y ahora sé por qué Juan siempre me decía: “Resiste.” Habla de Jesús Polanco, que habría leído el libro del Viaje a Canarias como si hablara de su tierra. En Santillana, en su despacho, me dijo una vez desconsolado: “¿Te vuelves hoy mismo a Canarias, verdad? ¡Qué envidia! ¡Yo no lo haré hasta el fin de semana!” Y habría regalado ejemplares del libro de Juan con su dedicatoria favorita: “Canarias, donde el sol no quema”. Canarias no ha sido justa con Polanco. El presidente de PRISA, al que Juan profesaba un afecto casi filial, ya anunció el final del negocio. “Internet será nuestra tumba si no encontramos el modo de cobrar”, pronosticó. La crisis, que algunos muertos, por suerte, se ahorraron, ha ido dando la razón a quienes tenían sus reservas sobre la marcha de las cosas. Un oficio que se ha visto sacudido, primero, por la irrupción de las nuevas tecnologías y después por el acabose económico que aún padecemos, se mira al espejo y no se reconoce. Es un cadáver que aún respira, como ese verso de César Vallejo. Juan nos cuenta una verdad como un templo. Está pasando, lo estamos viendo, como decía el eslogan promocional de la CNN. Estos muros también se caen. Pero detrás de ellos quedan a la vista las ruinas de un campo de batalla. Un mundo por levantar, tras una destrucción acaso creativa, como diría el economista austríaco Schumpeter, como si fuera un consuelo en mitad del apocalipsis. El mundo de Oliver y de Ángel, del nieto de Juan y de mi hijo, que son coetáneos y serán hombres allá por 2030. ¡Parecía tan inexpugnable el mundo de El País! Juan Luis Cebrián, que fue su primer director, y el director de Juan y de Martín y quien les habla, estaba solo sentado escribiendo en su iPad el otro día en Barajas, y lo saludé, cuando el ERE del periódico era una noticia que hacía estragos. Para salir de ella en la conversación ambos tuvimos un buen motivo: Acababan de darle a Juan Cruz el Premio Nacional de Periodismo Cultural. Y Cebrián exclamó: “¡Juan hoy debe de ser un hombre feliz!”. Lo era desde Buenos Aires, donde suele estar cada vez que le dan un premio importante.
 
 
 
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“El viajero va lleno de buenos propósitos: mirar el alma de los caminantes asomándose a su mirada como al brocal de un pozo”. (Camilo J. Cela, ‘Viaje a la Alcarria’)
 
Estos dos libros son dos caras de una misma moneda. Hablan de viajes y un canario los protagoniza, alguien que lleva en el adn una herencia secular, la noción mítica de viaje, que fundó un personaje isleño como Ulises a su regreso a la insular Ítaca en la mente de Homero, padre de la metáfora –el viaje- y de su relato, la aventura y la literatura en un mismo parto inaugural de las letras. El viaje y el libro, que es de lo que se trata aquí. Juan Cruz hace balance de medio siglo de periodismo en sus cabales, pero da la impresión de que ha vivido una locura. Un periodismo desenfrenado e insaciable. En algún momento de estas páginas, las más de 700 que suman ambas obras univitelinas, da a entender que ha estado corriendo como un loco mientras vivía, escribía, editaba libros ajenos, se hacía pasar por un médico hindú en Londres, se separaba y reconciliaba, la noche lo hizo su rehén, o paseaba por el mundo subido a un avión.
Este hombre no ha parado de viajar con la isla a cuestas, como aprendió de Samuel Beckett. Una de las citas preferidas Juan: “Creí haberme ido de la isla; pobre de mí; la isla jamás te abandona, siempre va contigo”, dijo el autor de ‘Esperando a Godot’ sobre su Irlanda natal. Así que Juan es una isla en el mar de las letras. Resulta que el libro y el periódico, los dos formatos de papel cuyas sinergias mejor explican el hábitat de nuestro autor, están de capa caída, proa al marisco, son ‘Especies en extinción’, como titula a regañadientes estas memorias, segunda parte tras los ‘Egos revueltos’, premio Comillas. Un libro escrito para dejarnos sin resuello, como una sobredosis de literatura y periodismo a la que es imposible sustraerse una vez atrapados en su red. En un recorte del New York Times leyó una vez la noticia que amenazaba con la defunción del libro de papel destronado por el libro digital, y sintió que el mundo al que pertenecía se le venía abajo en la ciudad de los rascacielos. ¿Es posible otro mundo sin periódicos ni libros en letra impresa? En presencia de Juan se lo pregunté al escritor alemán Hans Magnus Enzensberger –que es uno de los autores que desfilan por esta obra trepidante- y nos dijo que no se imaginaba desayunando sin poder tocar las noticias con las manos. Juan viene de recorrer las islas, de tocarlas, en efecto, con las manos, como si también fueran de papel y tuviera que leerlas para desmentir que se trataran de una sucesión de San Borondón. Islas tangibles, con alma en la mirada. ‘Viaje a las Islas Canarias’, que lleva el título de otro viaje legendario, el del naturalista alemán Alexander von Humboldt, en el siglo XVIII, es un libro de memorias, de literatura, de geografía y de emociones en busca del alma de Canarias. Es un viaje sentimental, y lo es también el que hace a través de su mundo editorial y periodístico en una larga y emocionada esquela. Dos libros conmovedores.
Como ‘Cuaderno de godo’, el precedente de este viaje, aquel que hizo en los años 50 del siglo pasado Ignacio Aldecoa, que lleva de la mano a Juan Cruz y a la periodista Pilar García Padilla, marido y mujer, por los recovecos de las islas, la excursión que firma el autor se nos antoja un viaje que espera otro viaje, como si al final de estos pasos otros pies de página debieran coger la mochila y volver a la arcadia, como Cela a su Alcarria. Está dedicado al nieto Oliver. De manera que presumiblemente él hará algún día el viaje que hicieron sus abuelos y lo reescribirá. Los viajes de Oliver. Permítanme decirles que en este par de libros se me han saltado las lágrimas y también las risas. Sobre las primeras: es una lectura sentimental. ¿Cómo no compadecerse ante las exequias inminentes del oficio al que el autor y quien les habla habían prometido amor eterno? ¿Cómo no flaquear, si en mi iPad viajan, valga decir, centenares de libros que hasta ayer mismo habrían cubierto las paredes de mi casa? ¡Y disponerse a asistir a tal entierro cuando en mi caso nace el hijo y muere la madre que nos trajo al mundo! Tantas emociones fuertes rondan mi cabeza mientras leo la perturbadora profecía que ha hecho mella en Juan Cruz Ruiz. Juan no juega a Fukuyama anunciando el ‘fin de la historia’. Este ya está aquí. Llegamos, en efecto, al final de una etapa, de un camino. Pero no vamos a dejarnos arredrar por el sepelio de la prensa y del libro que nace del árbol. Podemos secundar la desobediencia romántica de Enzensberger y los buenos augurios de una editora de fe inexpugnable como Inge Feltrinelli, que le asegura a Juan que el libro no puede desaparecer “en absoluto”, como tampoco la bicicleta. Como tampoco las islas, por más que la de El Hierro, la más joven, sufra temblores y erupciones submarinas.
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José Manuel Soria en EL ENVITE de TVAC:
  • ”Debemos pedir a Dios que haya petróleo y gas, porque traería empleo”
  • ”En la segunda mitad de 2014 habrá prospecciones”
  • ”La reforma eléctrica no invade competencias canarias”
  • ...
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El centenario de Alonso Reyes (1913-1978), que han celebrado la Real Academia Canaria de Bellas Artes y la Asociación Cultural ‘Desde la sombra del almendro’, a riesgo de que sea un homenaje más, merece, en mi caso, una consideración muy especial, porque él es parte de mi equipaje como persona.

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