La ciudad de las Palmas de Gran Canaria ha quedado asociada al itinerario por donde transite el escritor peruano (también nacionalizado español) Mario Vargas Llosa...
La reelección del ministro Soria al frente del PP en las islas, en el XIII congreso regional del partido, celebrado este fin de semana en Tenerife, confirma el aplastante respaldo interno que se ha granjeado este economista (Técnico Comercial del estado en excedencia) tras una meteórica carrera política como alcalde, presidente de Cabildo (ambos cargos en Gran Canaria) y vicepresidente del Gobierno autónomo y consejero de Economía y Hacienda, en una inédita demostración de continuidad, al sumar
Manuel Padorno, de cuya muerte se cumplen diez años este martes, era un poeta que pintaba y escribía como si hiciera la misma cosa, dar rienda suelta al dolor y al amor contenidos en lo hondo habitual de vivir. Los poetas, los pintores, él y Millares (aquel par de Manolos), son tipos humanos genuinamente clandestinos y clarividentes. Manolo Padorno vivía desde los años 90 un epígono marinero –o, mejor, playero-, en su casa de Las Canteras, quizá en estado de éxtasis: contemplando el árbol de luz invisible que se dibujaba en el mar que le miraba. Padorno tuvo una vida de nómada junto a Josefina Betancort, Viajar se les hizo inherente a vivir y no pararon de dar saltos como si todo el mundo fuera orégano, el mismo archipiélago que nos obliga a ir de isla en isla. Leemos a Manolo Padorno (“detrás de la palabra que se abre hay siempre un animal dormido”, escribía en uno de los textos inéditos) como si descubriéramos un nuevo océano, un islote inesperado o un volcán. Quiero decir que son versos iluminados por un instinto persistente de explorador de mundos. Eso le venía de leer libros desde una edad temprana, cuando iba a todas partes con uno bajo el brazo y leía a todas horas, entre cosa y cosa, como entre caja y caja cargando un camión, con devoradora pasión insaciable. Y eran muy amables, él y Josefina, cariñosos, gente buena. En Arona, una noche de músicas de América, en Son Latinos, Manolo y Josefina parecían dos adolescentes en el backstage. De niño, yo estaba pendiente de las novedades del taller de ediciones JB, el sello literario que dirigía ella en Madrid, con enorme prestigio (era asidua de la feria de Fránkfurt), y decir sus nombres era mirar alto en las letras paridas de esta tierra. Millares, Chirino, Manolo, Josefina…, aquella pandilla de artistas que vivía en Madrid, nuestros amantísimos exiliados. Diez años de Manolo Padorno, de su último exilio, donde puede, al fin, ver su árbol blanco “solamente visible para alguien dormido”.
El nuevo tren de la eurozona está claro. En la Europa de la segunda década de este siglo no figura España en el primer vagón. Es un país rémora, con demasiado lastre, que obligaría a reducir la velocidad...