La ofuscación de una ministra que se empeña en desistir puede dar al traste con las aspiraciones legítimas de Canarias de conseguir para el Observatorio de La Palma el mayor telescopio del mundo. La ministra española en cuestión ha insistido tanto en que ese objetivo no es realista, que a estas alturas en Chile (la candidatura rival) han de estar sumamente satisfechos de los servicios prestados indirectamente por la pasiva señora Garmendia. No ha podido encontrar el Gobierno saliente de Michelle Bachelet y entrante de Sebastián Piñera un(a) aliado(a) tan fiel y contumaz.

Desde el primer minuto, la ministra española de Ciencia e Innovación justificó su inhibición al respecto arguyendo que prefería estar a la espera del informe técnico para ver si valía la pena jugársela por La Palma o pasar. Era un clamor que Cristina Garmendia no tenía el más mínimo empeño en enfundarse el mono de trabajo y detraer de sus múltiples ocupaciones un solo segundo para abogar, como era su deber, por el Observatorio del Roque de los Muchachos ante sus colegas europeos. Ministra pesimista en el Gobierno campeón del optimismo. Ministra desconfiada en el Gobierno campeón de la confianza. Ministra, en fin, apática y antipática cada vez que le preguntaban en sede parlamentaria o en la prensa por qué no descolgaba un teléfono, hacía alguna gestión o daba alguna muestra convincente de interés por el asunto.

El representante de la señora Garmendia en el comitè científico del Observatorio Europeo Asutral (ESO) que se reunió en Alemania, un físico cántabro de apellido Bartons, ya coreaba de antemano los méritos de Cerro Armazones (Chile) como acólito de una causa secreta ‘antipatriótica’ fomentada desde el Ministerio español en contra de la propia sede, hasta tal punto de que, ante el desgraciado terremoto que confirmaba la pronunciada sismicidad del país con el que ‘competíamos’, citó la condición volcánica de La Palma como quien desliza cínicamente un falso hándicap geológico como contrapeso de otro sin duda verídico y devastador. Con estos bueyes arábamos.

La ministra se había batido el cobre en defensa de Bilbao como emplazamiento ideal de la Fuente de Espalación de Neutrones, que finamente obtuvo Suecia, y tras ese fracaso estrepitoso, renunció a librar más batallas internacionales en el mundo de la ciencia. La del cielo era una ofensiva ganada a poco que hubiera querido. Pero no quiso. Y ahora, aferrándose a un informe de expertos en el que Chile aventaja a la Palma por unas cuantas noches más de observación (criterio por sí sólo no determinante, a falta de poner en la balanza la calidad de la atmósfera, la viabilidad económica del proyecto, las condiciones materiales objetivas para fabricar a menor coste el telescopio y muchos condicionantes más), la señora Garmendia, ni corta ni perezosa, ha proclamado a los cuatro vientos que no piensa emprender ninguna presión diplomática, porque ya está todo dicho: Chile es el sitio elegido. Y no se hable más. Palabra de ministra. Te alabamos, señora.

Es justo pensar que en Chile le tendrán reservado a la ministra española, como se merece, un homenaje con ocasión de los actos inaugurales en Cerro Armazones, en 2018, del Telescopio Europeo Extremadamente Largo (E-ELT) que, con su efusiva complicidad, puso tan fácil a un país que no garantizaba ni cien millones de euros para la obra (menos de la tercera parte de la oferta oficial española presentada a regañadientes a última hora).

El país portador de la bandera de la I+D desfila esta vez sin estandarte delante de quienes tienen que decir la última palabra en las próximas semanas. Es una vergüenza de marca mayor, una dejadez sin parangón que habla poco y mal de España como potencia de nada. (Si en algo podía alardear serlo era, precisamente, en Astronomía, gracias a los Observatorios del Roque de los Muchachos y el Teide). Chile a estas horas aplaude los peros de la ministra española a La Palma. Garmendia se rinde a sabiendas de que así consolida la candidatura chilena, con un sentido de la inoportunidad que no puede ser tan inocente como la inconsistencia y desinformación de sus temerarias palabras en público.

Si por un casual, el Telescopio Europeo de 42 metros acaba siendo asignado al Roque de los Muchachos (como aquel otro de 30 metros que los Estados Unidos decidieron in extremis quitar a Chile –tambien favorita entonces como ahora- de la boca para colocarlo en Miami), por la mediación de otros ministros más sensatos y responsables, como Elena Salgado, José Blanco y De la Vega, la ministra de Ciencia e Innovación tendría que dimitir. Algo que ya podía haber hecho voluntariamente como prueba de la incapacidad que ha demostrado y que no hace honor a su maestra, la heroica bioquímica Margarita Salas, única mujer española académica en Estados Unidos.

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Como el Breton del surrealismo culinario, Ferran Adriá pisa la isla de Tenerife a estas horas para apadrinar los premios gastronómicos de Diario de Avisos. Es tal la macrodimensión cultural y socioeconómica que ha adquirido la propuesta creativa del chef catalán, que su presencia entre nosotros debería cobrar la relevancia que merece la llegada de un visitante icono que trasciende el carácter ordinario de cualquier otra estancia ilustre. Ésta, la de Adriá, se produce en un momento clave en su biografía, tras el reciente anuncio que hizo del cierre bianual de elBulli (2012-2014), la meca de su cocina, con el objeto de poder pensar.

Adriá es la vanguardia del arte culinario arribando a la isla de la vanguardia artística de los años 30, que el pope francés consagró como “la isla surrealista”. Adriá ha sido comparado con Picasso, lo que implica, más allá de las equivalencias entre genios, una condición creativa que nadie niega a sus ‘deconstrucciones’ o menestras de verduras en textura, a todo el orbe de su cocina molecular, sus espumas de judías blancas con erizos y su mousse de humo, sus polvos helados y gelatinas calientes, sus esferificaciones y liofilizaciones, y todo el minimalismo ascético de la cocina oriental que le llevará a vivir una temporada en China cuando clausure temporalmente su templo sagrado de Roses (Girona).

Admiro a este personaje inverosímil (uno de los diez más innovadores del planeta, según la revista Time en 2004) por su carisma sencillo y su osadía calculada. No estamos ante un cocinero que se ha vuelto loco, estamos ante una cabeza que cocina ideas revolucionarias sobre el modo de dar de comer al mundo para que cambie el modo de pensar. España no lo había conseguido nunca antes, y Europa apenas a través de Francia. Pero Europa y el mundo se han rendido ante Adriá (como hizo, el primero, el pope francés Robuchon, que lo designó heredero y sucesor cuando se jubiló a los 50 años), porque es un inventor con dos redaños, capaz de alterar el sentido del gusto y del humor de un comensal inteligente.

Ferran Adriá es una celebridad, de paso por Tenerife, que, a buen seguro, conoce la cocina nuestra desde mucho antes de convertirse en faro de generaciones de chefs. Intuyo que su anfitrión, Manuel Iglesias, periodista y crítico de avituallamiento como el otro gran ‘manolo’ (Vazquez Montalbán), le habrá puesto al día. Adriá, de vuelta de muchas aventuras, viaja de aquí para allá (pronto impartirá un curso en Harvard), divulga, cuenta, explica la razón de ser del éxito del sincretismo de la cocina española a caballo de la tradición y la vanguardia. Si ganamos para la causa a este embajador de la ciencia y la alimentación (en ésas anda con su amigo Valentí Fuster) y lo atraemos a nuestra orilla, donde la astronomía y la gastronomía se dan la mano (como prueban los platos flotantes del cocinero Diego Schattenhofer, el ingeniero Bertrand Lefort y el astrofísico Herve Bouy en el hotel Villa Cortés de Playa de las Américas), quién sabe si acabaríamos dando con la nueva cocina atlántica, entre papas arrugadas, mojo de cilantro y cherne. Trato de decir que nos debe importar mucho que nos visite este padre universal de la cocina española del siglo XXI, que comenzó, como casi todos, de friegaplatos y quiso ser futbolista, porque su ídolo era Cruyff y aún no sabía que le estaba reservado ser Ferran Adriá, la estrella que Warhol habría querido retratar junto a Marylin y Mao Tse Tung. Hincha del Barça, llega a la isla que le ‘regaló’ a su ídolo nada menos que dos ligas. Nos debe un menú.

Cuando Santi Santamaría, en un ataque de celos, se metió, en un libro descorazonador (‘La cocina al desnudo’), con Adriá por emplear productos presuntamente tóxicos en su organología de platos emocionales, fue como si resucitara la rivalidad de Salieri con Mozart, en la confianza de que ningún Pushkin poemice (o polemice) un desenlace fatal en la disputa de fogones y tragaldabas. Todo apunta a que Adriá pasa olímpicamente de Santamaría y con esa indiferencia lo deja ‘al desnudo’. Para conocer el colosal pasotismo de este Einstein del big bang gastronómico, sépase que habita un apartamento de 50 metros cuadrados en un barrio normalito de Barcelona y que va al Nou Camp, cuando ‘toca’ la orquesta de Guardiola, a abuchear, si tercia, al árbitro con un bocadillo de butifarra en la mano.

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El Ministerio de Defensa español acaba de decidir, mediante decreto (ese BOE es el eterno motorista de los tiempos de Franco, amanece y más de uno no lo cuenta), prescindir de los servicios de las palomas mensajeras. Las considera una antigualla como medio de transmisión, una reliquia superada por los modernos tiempos virtuales. Pero los militares se han valido históricamente de la labor (callada, por supuesto) de estas fieles telegrafistas curtidas en misiones de vida o muerte.

No sólo han mantenido el pico cerrado, sino que se han jugado el físico cruzando las líneas de fuego en los grandes conflictos sin rechistar. Con las palomas nos hemos ido enemistando progresivamente. De la paloma picassiana de la paz a la rata con alas de los Simpsons media una enorme ingratitud. Han cumplido su papel con creces y se les jubila y maldice porque molestan con sus letanías de zureos, cagan en las fachadas de los edificios nobles o contaminan al prójimo con los múltiples parásitos de sus plumas, pero las hemos hecho competir y enjaulado, las hemos adiestrado para surcar mares y saltar entre continentes con versos tiernos de amor en columbogramas adheridos a sus patitas, y cuando lucubramos dónde se haya nuestra sepultura les dedicamos la ‘casida de las palomas oscuras’, de Lorca: “Por las ramas del laurel/vi dos palomas desnudas./La una era la otra/y las dos eran ninguna”.

Nos olvidamos de un ‘plumazo’ de la paloma de Noé, la primera periodista del mundo que regresó al arca llevando una rama verde de olivo con la noticia de que la vida era de nuevo posible sobre la tierra tras el Diluvio, porque las aguas habían descendido su caudal. Veo las imágenes del tsunami que siguió al terremoto chileno, las casas, los coches, los muebles y los árboles arrastrados por las olas avasalladoras a través de las anchas avenidas, y las personas encaramándose a lo más alto para salvarse, y me acuerdo del vuelo despavorido de las palomas premonitorias de seísmos, de la mascota idílica de Afrodita y el medio millón de palomas combatientes que sirvieron en la II Guerra Mundial: de Winnie, la paloma que recibió la medalla al valor por salvar a la tripulación de un torpedero británico que la soltó como última baza tras un amerizaje de emergencia al ser alcanzado por los alemanes.

Chile y los nuevos diluvios recuerdan a la paloma mensajera de Noé. El maremoto de Chile es una cura de humildad. Un barco clavado en mitad de una calle, rodeado de casas derruidas o malamente en pie, en medio del desierto de un barrio arrasado sin un alma transitándolo. No es el barco bíblico, sino uno cualquiera que salió despedido lejos del mar por una ola que enloqueció tras abrirse por dentro la tierra. Las palomas que sobrevolaron durante siglos catástrofes y contribuyeron a rescates y evacuaciones e intercambios entre hospitales en los extremos más insospechados del mundo se adivinan en esas imágenes. Un coche rojo con una familia a bordo, perseguido por una ola furiosa, es alcanzado y sus ocupantes succionados por la bestia. Queda el río de sangre flotando en sí mismo y a un lado, ya cadáver, el sedán rojo que dejó de huir nos mira. En la foto no se ven, pero ya se presiente que vuela con ellas la mala noticia.

Las enviamos a la guerra. Fueron las espías perfectas de la historia bélica universal, desde los egipcios a los europeos fratricidas del siglo XX; los correos más audaces y escurridizos que no se dejaban interceptar fácilmente; las lanzaban en paracaídas tras las líneas alemanas y muchas fueron capturadas y aniquiladas por el enemigo, pero otras muchas regresaron con vida portando la valiosa información.

Bastó que inventáramos la telegrafía sin hilos y se empezaron a olvidar sus gestas, sus gestos humanitarios, su heroísmo ejemplar. Eran viejas periodistas obsoletas, caducas comunicadoras de un tiempo pretérito. Los avances de la telefonía, el fax, la televisión, los satélites y, por último, Internet, fueron minando su protagonismo histórico, su razón de ser milenaria, y pasaron al olvido, proscritas, en la era de la jaula global. Quedaban lejos las épocas de gloria y feliz mensajería, cuando los griegos las designaron enviadas especiales y, de ciudad en ciudad, iban alegremente anunciando los nombres de los ganadores de los Juegos Olímpicos.

Gracias a las nuevas tecnologías actuales, fluyen mensajes en boca de otras palomas invisibles, que son como los fantasmas de las viejas palomas mensajeras que pasaron a mejor vida. Pero un día o una noche, una tormenta paraliza la ciudad, bloquea los sistemas de comunicación, se apagan los ordenadores, oscurecen las calles y los edificios, y en medio del cero energético resulta entonces imposible enviar noticia alguna a ninguna parte. Se abren las jaulas y regresan a su oficio eterno resucitando de las tumbas del decreto que las jubiló.

Hemos matado al mensajero.

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La batalla del telescopio se libra esta semana en la cúpula científica del Observatorio Europeo Austral (ESO), que se reúne en Alemania el miércoles y el jueves para tomar una decisión que despeje el horizonte de las candidaturas. De las distintas opciones que baraja esta asociación de 14 países europeos, todo parece indicar que sólo dos, La Palma y Chile, al parecer empatadas técnicamente, se disputan la sede del Telescopio Europeo Extremadamente Grande (E-ELT).

Del conjunto de pros y contras de cada una de estas dos alternativas se viene hablando desde hace tiempo con el fin de arrimar el ascua a la sardina del lobby pertinente (chileno, en todo caso, ante la ausencia de instinto proselitista alguno por parte de España). El cerro Armazones, al sureste de la ciudad de Antofagasta, en el desierto de Atacama, enarbola su récord de noches de observación limpia (350, según su estadística más favorable), la proximidad al Observatorio Paranal (donde auscultan el cielo cuatro telescopios de 8 metros de diámetro), su altitud, temperatura y bondades naturales en el hemisferio sur entre la cordillera de la costa y la andina, que detienen las nubes del Pacífico y el Atlántico. Amén de que Chile viene siendo durante casi medio siglo, el mirador preferente de ESO, que cuenta allí con varios telescopios predecesores de la última generación de grandes catalejos.

Canarias es, por tanto, una intrusa emergente que disgusta a Chile, pero que la ciencia agradece. Desde que el Observatorio del Roque de los Muchachos alojó en las cumbres de Garafía el mayor telescopio hasta el momento, el Grantecán (algo más de 10 metros de diámetro), pasó a formar parte del club de élite llamado a aspirar por derecho propio al E-ELT (un espejo primario de 42 metros de diámetro divididos en 906 segmentos hexagonales), que se empezará a construir en 2011 y entrará en funcionamiento en 2018, con el fin de responder a la inmemorial pregunta de si estamos solos en el universo o hay vida extraterrestre en algún planeta extrasolar. Llegados a este punto, la Astronomía hace suyas, sin rodeos, parcelas que parecían condenadas a recluirse en la paraciencia, y confía en poder averiguar, con los nuevos instrumentos gigantes de investigación, si otros seres conviven con nosotros en el ‘espacio’ común y cabe establecer algún tipo de contacto inteligente. Conviene recordar que, pese a todos los conocimientos adquiridos acerca del universo, la mayor parte del mismo no ha podido ser explicada aún, y de ahí que sigamos denominándola como materia y energía oscuras.

El cielo palmero está protegido por ley aprobada en el Parlamento canario (en La Laguna, en 1994, presencié cómo una comisión de expertos presidida por el célebre oceanógrafo Jacques Cousteau abrazaba la tesis canaria de preservar el cielo como uno de los derechos humanos de las futuras generaciones); las noches de observación, según los registros más fiables, se asemejan, prácticamente, a las de Chile; carece de minas en su territorio respecto a una de las pegas de este último; las jornadas de calima son contadas; la infraestructura no está por hacer, es de sobra conocida la dotación de que ya goza el Observatorio, y la posibilidad de que los científicos duerman en casa durante los períodos de trabajo abarata los costes.

El factor más sensible es la sismicidad, que ensombrece la oferta chilena. Por desgracia, el terremoto del sábado de más de 8 grados en la escala Richter pone en cuestión las condiciones del aspirante andino, a pocos días de una decisión determinante. Quizá no sea el mejor momento para una elección neutral y sosegada del mejor emplazamiento del mayor telescopio del mundo, y convenga aplazar la última palabra unos meses. En esta tesitura, se impone ayudar antes que ganar a toda costa, y Canarias guarda lazos muy estrechos con América que la acercan continuamente a ella cada vez que pasa algo. Los centenares de muertos en esta ocasión reavivan el antiguo pánico a que la tierra tiemble que recorre todo el litoral del Pacífico, como comprobé personalmente en el verano de 2007 durante el seísmo de Perú.

Es justo que el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) acaricie la idea de contar con el telescopio en disputa, y Europa no acaba de cerrar filas en torno al observatorio que le representa en solitario en esta carrera por la vanguardia de la Astronomía, una rama de I+D en la que tiene todo a favor para tomarle la delantera a EE.UU. y ser líder incuestionable en el mundo. De nuevo, la vieja falta de convicción europea que tanto daño le está haciendo, en la vertiente política, como proyecto plurinacional.

Tanto España como la Unión Europea han mostrado esta vez poco entusiasmo, o no lo han sabido transmitir, por conseguir el mayor telescopio para el mejor observatorio del Hemisferio Norte, ubicado en suelo comunitario. Esta debilidad de partida, frente a una campaña de promoción chilena más perspicaz y madrugadora, es la que ha hecho y hace temer, pese a todos los pesares, por que La Palma, siendo la mejor opción, no las tenga todas consigo. Finalmente, el gobierno español, presionado por el gobierno canario, el Congreso y los medios de comunicación, presentó su candidatura a rebufo de la chilena. La oferta económica dicen que es mejor que aquella otra, y de la voluntad política se sabe poco más que las esporádicas declaraciones ambiguas de la ministra Garmendia, ya que su pasión y confianza por este éxito en particular no es mucha, habida cuenta cierto miedo paralizante, según ha trascendido, a perder una nueva batalla por una sede científica internacional.

Los ministros españoles de Ciencia y Educación no han exhibido nunca, salvo excepciones, demasiada complicidad con los sueños proactivos del director del IAC, Francisco Sánchez, a lo largo de más de tres décadas. Porque los observatorios canarios (Roque de los Muchachos y el Teide) han ido a su aire, gestionados por un consorcio atípico, fuera del encorsetado centralismo científico español. Una herejía insular. Y ahora todo apunta a que ha habido que mover cielo y tierra para que el Ministerio no se durmiera.

Este es un nuevo sueño, pero soñar en grande, como es el caso, implica cada vez mayores riesgos. No han bastado respaldos de grueso calibre (las dos cámaras parlamentarias, el propio Rey, una comisión del Parlamento Europeo, el aval de científicos renombrados) para hacer más creíble la apuesta del Gobierno español. Es evidente, con esta lentitud de movimientos, que de la fe y las ganas oficiales no estábamos sobrados. De ahí que se pueda pensar que el mejor aliado de España haya sido, hasta el momento, por desgracia, un terremoto, que le dé la razón indirectamente apenas. Y apena que así sea.

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Madrid cierra las puertas de Arco y recibe la colección de arte que el crítico canario Eduardo Westerdahl conformó a lo largo de su vida y donó al Instituto de Estudios Hispánicos del Puerto de la Cruz. Estos fondos del siglo XX constituyeron en su día uno de los primeros museos de arte en España y sufrieron cierto ostracismo por negligencias y falta de espacio, que ahora, al fin, han querido reparar las instituciones uniendo esfuerzos.

La visita al Museo nacional de Arte Contemporáneo de los cuadros de la pinacoteca de Westerdahl tiene una segunda lectura: amén de mostrar el tesoro de la isla del amigo canario de Breton, permite refrescarle la memoria al círculo hermético de la crítica española, que cuenta entre sus olvidados a este paisano de origen sueco que profesaba un europeísmo avanzado como el de Agustín de Betancourt antes de que la España peninsular saltara la valla de los Pirineos en los años 30.

Westerdahl estaba casado con Maud, ex de Óscar Domínguez y también artista; era un isleño cosmopolita como su mejor amigo, Pérez Minik, con quien se peleaba a menudo para ejercitar la imaginación, como me dijo una vez recordando aquella complicidad legendaria entre los dos popes de la cultura local en constante pique. A Domingo Pérez Minik se lo disputaban los artistas, cuando yo era niño, para que les presentara una exposición. Lo consideraban más asequible que Westerdahl, a quien temían con veneración por la condición histórica de haber sido director de la revista ‘Gaceta de Arte’, la biblia insular de las vanguardias que se interrumpió con la guerra civil.

Tenía tal autoridad incontestable durante la dictadura y la transición que una opinión suya consagraba o hundía al artista de turno para siempre. Por eso había que dosificar los requerimientos a Westerdahl para apadrinar cualquier exposición por si acaso salía el tiro por la culata. Sin embargo, era menos inabordable de lo que se suponía. Mi hermano y yo, en ciernes aún como periodistas, tuvimos la suerte de conocerlos a los dos y de frecuentar sus domicilios como un par de intrusos atraídos por su hospitalidad librepensadora. Y era una gozada escucharles y aprender de ellos.

Westerdahl era amigo de Picasso y se carteaba con los sabios europeos de su siglo, de Becket a André Breton. Su mejor corresponsal en París era el surrealista Óscar Domínguez, cuyos oficios, facilitaron el viaje a Tenerife del poeta y crítico francés y su bella esposa rubia platino Jacqueline, en 1935, a propósito de la primera exposición surrealista en España.

Desde su últimos días de vida en 1983, se echa en falta en los fregados culturales de las islas a aquel profeta de las vanguardias, capaz de bendecirlas y maldecirlas como un Harold Bloom de las artes plásticas de su tiempo, que paseaba la vista sobre los demás mientras fumaba en pipa alegremente.

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Doña María Rosa Alonso ha tenido una vida duradera y fructífera, gracias a Dios, para no ser creyente. Suele quitarse importancia, aunque estime su longevidad y su obra como dos regalos de la diosa fortuna: “Lo que yo escribo vale poco”, declaró una vez en una entrevista que le hice coincidiendo con el cambio de siglo. Lo que ella escribe no tiene valor y, prueba de que es mucho, el paso del tiempo alarga no sólo su vida sino el alcance de sus libros.

La veterana ensayista iba de niña al colegio ocultado los libros, porque estaba mal visto que las mujeres estudiaran y, peor aún, que pudieran llegar, como ella, a la universidad. Nuestra heroína tacorontera es discípula de Américo Castro y Ortega y Gasset. La pata de que cojea (políticamente) la llevó a exiliarse con disimulo a Venezuela en los años 50, si bien es cierto que en la Universidad de La Laguna tengo entendido que no le hicieron cómoda la labor como docente. Amaba a su tierra como una canaria trasterrada que no dejaba de pensar en ella, hasta que regresó a finales del siglo XX para quedarse. Ha tenido la oportunidad de sobrevivir a toda su generación, para nuestra suerte, que hemos podido disfrutar a su lado de una prórroga sumamente útil para la historia y la cultura insulares en términos de rigor y honestidad.

Va por cien años. Ahora que recibe homenajes en vida y le reeditan las obras (no duden en leer a poco que lleguen a sus manos libros de esta autora como ‘La luz llega del este’, ‘La ciudad y sus habitantes’ y cuantos irán saliendo a la calle, así como los dos tomos publicados por el Gobierno de Canarias con sus ensayos biobibliográficos, ‘Todos los que están fueron’), podemos decir que asistimos al redescubrimiento de una heroína: María Rosa Alonso; los jóvenes actuales oyen hablan de ella por primera vez y comprueban que están ante el mejor candil para guiarse por los pasillos de la historia de la literatura de Canarias y conocer, uno a uno, a sus artífices, de Viana, Cairasco y Viera a Félix Francisco Casanova, sin dejar de frecuentar a Clavijo Fajardo, los Iriarte, Agustín Espinosa, Nicolás Estévanez, Galdós, Millares Carló, Tomás Morales, Alonso Quesada, Ángel Guimerá, Pedro García Cabrera y las mujeres camufladas entre un bosque de hombres que no las dejaban despuntar, como Victorina Bridoux, Chona Madera, la huidiza Carmen Laforet y aquella poetisa que yo siempre recuerdo asomada a la ventana de su casa de Santa Cruz, Pilar Lojendio.

A María Rosa Alonso, que tiene todos los premios de su tierra (desde luego, el Premio Canarias) acaban de dedicarle este domingo 21 de febrero de 2010 el Día de las Letras Canarias, que recuerda la fecha en que nos dejó su admirado Viera y Clavijo. La periodista Olga Álvarez ha estimulado la recuperación de la huella de esta escritora imprescindible, y el reconocimiento oficial que la Viceconsejería de Cultura viene prestándole reconcilia todo aquello que hubiera podido quedar en el tintero entre los canarios y esta paisana ilustre, célebre en vida, portadora de una dignidad reservada que no es exactamente misantropía, sino fobia razonable a la pérdida de tiempo de que es pródiga la novelería de esta época. Doña María Rosa no ha parado nunca de trabajar. Que viva todo el tiempo que le dé la gana y nadie le usurpe la soledad de ave fenix que le ha hecho míticamente feliz.

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Decenas de muertos en las inundaciones por la borrasca de Madeira, que nos pasó rozando a los canarios el sábado delante de nuestras narices, confirma que febrero ha sido el mes de los diluvios. Deja tras de sí abiertos los debates familiares de Canarias sobre el estado de las infraestructuras, el sellado de los barrancos, la eficacia premonitoria de los radares y, por último (tras el apagón reincidente del jueves), las condiciones de mantenimiento del sistema eléctrico de Endesa-Unelco. “O hacen las cosas bien, o se marchan”, acaba de decirles (a Unelco Endesa y Red Eléctrica Española) el presidente Paulino Rivero, creo que sin precedentes en la terminología admonitoria que recoge un sentimiento ampliamente popular.
 
Es probable, como se quejaba por la radio una española residente en Funchal, que Madeira esté peor dotada de medios y condiciones de vida que Canarias ante una de estas tormentas torrenciales que han venido encadenadas este invierno. Pero no nos cabe la más mínima autocomplacencia. Borrascas seguirán visitándonos en el futuro con mayor o menor virulencia, como nos visitaron en el pasado durante siglos, y a medida que sigamos habitando el territorio, los peligros serán exponencialmente mayores. Ése es nuestro desafío: dar respuesta a los riesgos naturales (cada vez más catastróficos) con garantías fiables de supervivencia.
 
No basta, como vemos, con disponer de adecuados planes de emergencia a punto, de alertas preventivas y de la colaboración cívica de la gente. Debemos, además, como he dejado escrito aquí alguna vez, fijar los umbrales de crecimiento que nos tolera nuestro espacio insular, limitado nos guste o no. Y uno de los primeros parámetros a dimensionar es el demográfico. O abocamos a la sociedad a un suicidio asistido. ¿Cuántos queremos y nos podemos permitir ser en Canarias de aquí a mediados del siglo XXI? Nadie pone el cascabel a este gato. ¿Por qué se aplaza indefinidamente este debate crucial y se tarda tanto en ponerlo sobre la mesa de modo serio y riguroso? La cuestión poblacional no es, ni debe ser un tema ideológico tabú.
 
Creo, con el biólogo Antonio Carrillo, que esta variable es la más importante que nos compete como ciudadanos de una etapa de la historia de Canarias que nos ha tocado vivir. Un debate inexcusable que está señalando con el dedo a todos. Y por el que mañana nos pedirán cuentas, afligidos sin duda, nuestros hacinados descendientes.
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(Este artículo que a continuación reproduzco es un encargo del diario ‘La Opinión de Tenerife’ para su edición del miércoles 17-02-10)

A nadie se le oculta que la crisis ha castigado severamente también el fomento de la cultura como bien de interés social y como industria, una cosa y la otra, al fin, conceptuadas como tales recientemente en nuestro entorno. Llama la atención que, en tanto se nos afirma que el ajuste del gasto público en este país preservará a las políticas sociales, se proceda a un recorte drástico del presupuesto cultural, sin reparar en la flagrante contradicción, al menos desde el punto de vista socializador de una faceta que aspira a cultivar y nutrir demandas básicas en la formación (educación) de la gente. Es una proclama que mimetizan, sobre todo, las corporaciones locales, llevando el capítulo Cultura a cero con un alarde de austeridad ciertamente demagógico. Otras ciudades como Barcelona hacen todo lo contrario: en crisis, más para Cultura, como eje vertebrador de su dinamismo social, económico y político. Hasta que no entendamos que esto es así, seguiremos en la ‘ultraperiferia’ del ‘eurocaos’, como acuña Paul Krugman. En España, la recesión devora ‘trágicamente’ la gestión cultural por parte de las instituciones, y en Canarias las corporaciones locales se aplican el cuento, desconociendo así, en su pasividad, que debilitan (a veces, también, con intrusismo y competencia desleal) una industria que a estas alturas no está por descubrir que genera empleo y PIB (invoco el último informe del Consejo Económico y Social y las reiteradas apelaciones del catedrático de Economía Aplicada José Luis Rivero sobre la rentabilidad asociada a la inversión pública cultural). Ese cerrojazo presupuestario a todo lo que huele a cultura por malentender que resulta superfluo nos está llevando, como sociedad, a un nuevo período de atraso. Los gestores de la crisis que ignoren la cultura para salir de ella no han entendido nada. Es un haraquiri que traerá consecuencias: una generación de creadores en alza dejaría paso así a una etapa de sequía creativa –la generación de la crisis-, que pagaremos caro, tarde o temprano. La responsabilidad de evitarlo usando gafas de lejos, frente a esta miopía, es de la clase política de hoy, de ahora mismo. Sólo añadiré una reflexión sobre la incidencia geográfica que considero necesaria. La distancia es un factor determinante en toda actividad en las islas, que (a)grava todo empeño externalizador o receptivo de cualquier acción cultural. Ello va en detrimento tanto del creador como del consumidor cultural de Canarias. La nula, cuando no tímida y cicatera implicación del Ministerio de Cultura en el hecho cultural canario sonroja en términos de cohesión territorial, dada las barreras geográficas que condenan a público y creadores de las islas a un acceso desigual a las iniciativas que se desarrollan en el ámbito europeo. En aras de la debida promoción exterior de la cultura insular y un reparto equilibrado de su oferta en todo el archipiélago, la comunidad autónoma está obligada a reforzar, a su vez, la inversión pública. De lo contrario, seguiremos perdiendo oportunidades y, a medida que pase el tiempo, será menor nuestra capacidad de ofrecer una comunicación adecuada hacia fuera y hacia dentro del fenómeno cultural de las islas. Canarias, por los déficits estructurales que la limitan, está autorizada a reclamar del Estado políticas compensatorias excepcionales de su lejanía, y quien las rebata por pura desidia ignora que ésta no es una autonomía más. Ni mucho menos. El creador cultural canario y la sociedad insular ven aumentada en esta crisis su desventaja crónica con el continente al que pertenecen.

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Las cosas que se han dicho y oído estas últimas semanas sobre España en el extranjero (como se decía en tiempos de Franco) ponen los pelos de punta. Se ha llegado a decir que detrás de Grecia (la vituperada y convicta madre patria de la democracia reducida a escombros por un gobierno mendaz que manipuló su contabilidad real para tomarle el pelo a Europa) vendría España, como el siguiente farolillo rojo de la crisis, el monigote al que todos, ansiosos por tener un chivo expiatorio a mano, hartarán a palos y, una vez, quemado el pelele, como en los carnavales de Extremadura, a manos de las lavanderas, los demás europeos prepotentes vestirán ropa limpia de señoritos burgueses asfixiados de deudas.

España ha visto en cuestión de días resucitar viejos fantasmas de cuando era descalificada como ‘el culo de Europa’ y la dictadura nos instruyó en el odio a las naciones situadas al otro lado de los Pirineos. Tópicos que parecían superados sobre el paternalismo con que Europa trataba a la España cenicienta que tocaba con los nudillos a la puerta del continente para ser agasajada en su seno sagrado, han sobrevolado al españolito que hace tan sólo dos años se las prometía muy felices como campeón de la economía que vencía a Italia y amenazaba con desbancar a la mismísima ‘grandeur’ francesa.

Pere hete aquí que de poner a parir a Grecia, Portugal y España, como si fueran Gaby, Fofó y Miliki, se ha pasado en los mercados financieros internacionales a cuestionar el euro. Y lee uno al economista Paul Krugman hablar sin rodeos del ‘eurocaos’, de la bisoñez de Europa como unión fallida de estados, de su estupidez al crear precipitadamente una moneda única desoyendo los consejos de expertos que lo consideraban una pretensión desmedida y peligrosa, como así ha sido. Y, finalmente, el Nobel nos viene a repetir lo que antes otros decían con una osadía nostálgica que se nos antojaba (ignorancia la nuestra) histriónica: aquello de que con la peseta nos hubiera ido mejor. Krugman tampoco lo adorna esta vez con academicismos; lo afirma abiertamente: con la peseta, España saldría antes de la crisis mediante la devaluación correspondiente.

Y se queda uno con cara de imbécil, como si esta crisis nos hubiera sacado del cuento europeo de hadas y despertáramos a la realidad, que no es otra que una Europa que no pinta un carajo y a la que Obama, por ello, dará plantón en mayo. ¿Ahora que estamos dentro y tanto esfuerzo nos costó qué hacemos? ¿De manera que el euro era una bomba trampa? ¿Y, entonces, quién se atreve a decir a nuestros hijos que Europa son los padres?

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Las galas, el viento, las pelucas de carnaval, los disfraces multicolores, las lluvias, el ruido, las murgas vociferando, el incombustible Orfeón la Paz, los drags y el entierro de la sardina. Pero también los carneros de El Hierro tiznándote la cara de negro, los buches de Arrecife golpeándote a traición y los Indianos de la Palma bañándote en polvos de talco. La fiesta, el clima, la tradición y el siroco que nos transforma en faunos o mosqueteros, rufianes o pontífices en papa móvil, bajo los efectos de la mandrágora de carnaval. Con la inyección de crisis en vena, esta tregua sin ley viene bien para recargar las baterías, pero la contumacia de la ventisca de amanecida del martes de carnaval levantó los regüeldos de las flatulencias económicas que sufrimos hace ya dos años desde la gran indigestión financiera. Cuesta trabajo esta vez desconectar de la realidad. Hasta los políticos, imitando sus parodias, acuden al Congreso (miércoles, primer debate caliente de la temporada) para simular escenas de ‘en clave de ja’, remedos de king Boxing y vale tudo, con patada a la cara y cabezazos contra la lona, al tiempo que frivolizan con reeditar los pactos de la Moncloa maldita las ganas, haciendo uno de Mr. Bean y otro de ‘Malamadre’ (‘Celda 211’, ganadora de los Goya). El carnaval político dura todo el año, como es sabido. Y el de febrero se va quedando en un plano testimonial, casi ya sin lenguaje exclusivo usurpado por los líderes que usan de él para conseguir titulares a base de gracias, toda vez que las ideas se las guardan bajo siete llaves para no perder votos revelando lo que piensan hacer. De manera que vivimos en un carnaval y en una tormenta permanentes. Y es parte de la tramoya. Cuando llega el temporal de verdad, no le creemos a la alerta y el ventarrón nos levanta el bisoñé con que nos camuflamos y nos falsificamos (también nosotros mismos, ya puestos).

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