Imágenes: César Manrique (i), Javier Marías (d).
El libro de papel y las islas de lava. César Manrique, que corre por las páginas del viaje de Juan como un alisio salvaje era un ávido lector de la naturaleza. Juan lo conoció muy bien. César nos dijo a mi hermano y a mí en Lanzarote, un año antes de morir, que se sentía “eterno como la naturaleza”. En la exposición que está abierta en el Espacio Cultural de CajaCanarias, César pasea como le gusta hacer a mi hijo Ángel Benza entre las piedras de la playa, las toma en la mano, la manosea, las devuelve al agua y en todo momento es alguien que está leyendo el paisaje. Como hace el autor de estas páginas, que lee las islas mientras las viaja, en el sentido literal de la palabra, como me dijo una vez que lee la vida el periodista Alfonso González Jerez. Esa parte del viaje de Juan me emocionó. Me emociona acordarme de César Manrique, el único canario, quizá, que todos los canarios hemos querido verdaderamente con tan insólito consenso.
El libro de Juan es una delicia. Está escrito con una entrega personal que adivino, por momentos, desgarradora. Los dos son libros escritos con amor y dolor, mientras el autor leía ‘Los enamoramientos’, de Javier Marías. Conozco bien a Juan en persona y en sus libros, y sé que esto está escrito con el alma, a veces con el alma rota. Su madre. Habla de su madre –hoy es el día de las madres- y es como si hablara de la mía. No iban a los sitios, los miraban a distancia. La madre de Juan nunca fue al Teide, pero lo veía todos los días, porque lo tenía a la vista. En la memoria del periodista de El País que fue editor de Alfaguara hay una colosal, casi póstuma verdad. No hablo de las tumbas destinadas a acoger a dos viejos oficios. Hablo del oficio de vivir, que decía Pavese, presente también en el repertorio del autor, que menciona al ‘pavese’ nuestro, Ezequiel Pérez Plasencia. ¿Cuántas vidas ha vivido en su vida este periodista y editor que da la impresión de haber estado dando la vuelta al mundo sin parar la ‘pata’? El libro ‘Especies en extinción’, de Tusquets, es de obligada lectura para quienes amen no sólo el periodismo o la literatura, sino la vida. Yo he aprendido cosas de vivir que no sabía, leyéndolo al galope, en un continuo sobresalto, como está escrito, al estilo sincopado que autoriza Montaigne, mientras cantaba de fondo José Alfredo Jiménez, que Chavela Vargas me decía que no fue más bebedor que ella, pero sí tuvo la desgracia de tener peor hígado. Y estas páginas, que ya dije que son un acto de amor a los oficios y a los seres queridos, a veces, también están escritas con el hígado. Hepática y empáticamente. Páginas que duelen. Me impresionó leerle a Juan decir que con 50 y tantos años, tras doce al frente de Alfaguara, todavía quería volver al periodismo, y lo hizo, y entró en aquella Redacción que conozco bien de la calle Miguel Yuste, y se sentó como un principiante delante de su jefe a pedirle trabajo. Y el jefe le dijo sin acritud: “Mándame un email”. Y se vio en un cuarto oscuro haciendo méritos. Y un día, Soledad Gallego Díaz lo rescató: le encargó hacer un reportaje, al fin. Y fue feliz como un veterano de guerra que volvía al frente a pegar tiros al aire. Del aire hablo después. Juan lo cuenta con una pena exultante, porque la vida está hecha –nos lo decía Valdano- de éxitos y fracasos.
De esos altibajos en el periodismo conozco algo y ahora sé por qué Juan siempre me decía: “Resiste.” Habla de Jesús Polanco, que habría leído el libro del Viaje a Canarias como si hablara de su tierra. En Santillana, en su despacho, me dijo una vez desconsolado: “¿Te vuelves hoy mismo a Canarias, verdad? ¡Qué envidia! ¡Yo no lo haré hasta el fin de semana!” Y habría regalado ejemplares del libro de Juan con su dedicatoria favorita: “Canarias, donde el sol no quema”. Canarias no ha sido justa con Polanco. El presidente de PRISA, al que Juan profesaba un afecto casi filial, ya anunció el final del negocio. “Internet será nuestra tumba si no encontramos el modo de cobrar”, pronosticó. La crisis, que algunos muertos, por suerte, se ahorraron, ha ido dando la razón a quienes tenían sus reservas sobre la marcha de las cosas. Un oficio que se ha visto sacudido, primero, por la irrupción de las nuevas tecnologías y después por el acabose económico que aún padecemos, se mira al espejo y no se reconoce. Es un cadáver que aún respira, como ese verso de César Vallejo. Juan nos cuenta una verdad como un templo. Está pasando, lo estamos viendo, como decía el eslogan promocional de la CNN. Estos muros también se caen. Pero detrás de ellos quedan a la vista las ruinas de un campo de batalla. Un mundo por levantar, tras una destrucción acaso creativa, como diría el economista austríaco Schumpeter, como si fuera un consuelo en mitad del apocalipsis. El mundo de Oliver y de Ángel, del nieto de Juan y de mi hijo, que son coetáneos y serán hombres allá por 2030. ¡Parecía tan inexpugnable el mundo de El País! Juan Luis Cebrián, que fue su primer director, y el director de Juan y de Martín y quien les habla, estaba solo sentado escribiendo en su iPad el otro día en Barajas, y lo saludé, cuando el ERE del periódico era una noticia que hacía estragos. Para salir de ella en la conversación ambos tuvimos un buen motivo: Acababan de darle a Juan Cruz el Premio Nacional de Periodismo Cultural. Y Cebrián exclamó: “¡Juan hoy debe de ser un hombre feliz!”. Lo era desde Buenos Aires, donde suele estar cada vez que le dan un premio importante.