
Manuel Poggio Capote
Cuando en 1913 José Rodríguez Moure publicó el libro Historia de la devoción del pueblo canario a Nuestra Señora de Candelaria concibió un capítulo exclusivo para recoger varias piezas literarias dedicadas a enaltecer a la patrona. Este apartado lo tituló bajo el apelativo «Corona poética», aseverando en unas breves notas preliminares que el propósito de esas cuartillas no era otro que el de juntar algunas obras ofrecidas por la «musa canaria» a esta advocación mariana. Con la expresión musa canaria Moure se refería a la inspiración de distintos vates isleños, recopilados por él mismo en un catálogo personal sobre el tema. Pero si nos adentrásemos en la etimología del vocablo comprobaríamos de inmediato que el mencionado término posee una raíz sagrada. En la mitología griega, las musas eran las deidades que protegían las ciencias y las artes liberales, en especial la poesía. No en vano, el sentido de musa ha quedado fijado en el uso actual de la lengua entre estas dos acepciones: de una parte, la de su origen filológico (diosas míticas valedoras del talento), y de otra, el fruto emanado de ellas (o numen lírico).
En 1604 Antonio de Viana se ocupó de la imagen adorada por los guanches en su poema épico Antigüedades de las islas afortunadas. En este libro introdujo por primera vez el nombre de la Virgen de Candelaria en una amplia composición en verso, al menos de las que se han conservado hasta la actualidad. Una de las particularidades más sugerentes de aquel texto es que designó sagrada musa a la talla descubierta en las playas del valle de Güímar2. Si en este momento retomásemos los dos significados de musa citados con anterioridad, se podría afirmar que desde aquellas lejanas fechas la efigie escultórica de la Candelaria se convirtió a la vez tanto en divinidad celestial como en plectro poético. Y será, ahora, la Sagrada Musa quien establezca las coordenadas para el análisis bibliográfico de los textos vinculados a su figura. Desde el siglo XVI, historiadores, eruditos, literatos y los más iluminados fieles han dejado testimonio de los fulgores candelarieros.
Todos ellos no son más que resplandores de esas otras musas, como la «canaria», recolectada hace casi cien años por el prenotado Rodríguez Moure. Estas líneas sólo ambicionan perfilar dicho repertorio —ya iniciado por el benemérito sacerdote tinerfeño—, ligando una musa (la sagrada) con las otras (las artísticas). Por este motivo, el nuestro será un tránsito por la literatura que exalta a la Virgen y no tanto por la interpretación historiográfica. Como el itinerario es largo y muchos son los caminos que aún se encuentran por desbrozar, sólo queda esperar que esas otras musas nos asistan durante el trayecto.
Alonso de Espinosa
En Canarias, se debe subrayar que en la década postrera del siglo XVI vio la luz una de las obras cardinales sobre este tema. Nos referimos al libro Del origen y milagros de la santa imagen de Nuestra Señora de Candelaria (Sevilla: Juan de León, 1594) del padre fray Alonso de Espinosa. Nacido en Alcalá de Henares en 1543, aún niño y en compañía de sus progenitores se trasladó hasta Guatemala. Allí, Espinosa ingresó en 1564 en la Orden de Predicadores, recibiendo nueve años más tarde la tonsura sacerdotal. Durante este tiempo tuvo la oportunidad de vislumbrar el pensamiento de su hermano en la regla dominica Bartolomé de las Casas (1484-1566), entonces obispo de Chiapas y gran defensor de los indígenas. La influencia de estas ideas, junto al encargo por la jerarquía eclesiástica de revisar algunos manuscritos que debían ser impresos con posterioridad, le serviría con el paso del tiempo para redactar el prenotado libro acerca de la imagen de Candelaria. Hacia 1580 Espinosa había arribado a Tenerife, donde mostró una naturaleza inquieta, documentándose su presencia por variados asuntos en Gran Canaria y La Palma.
La monografía Del origen y milagros apareció dividida en cuatro tratados o libros: I) descripción de la cultura prehispánica, II) descubrimiento de la talla por los guanches, III) noticia de la conquista de Tenerife e historia de la isla hasta 1558, y IV) memoria de los milagros de la Virgen, compilados hasta el expresado año de 1558. En relación con la Candelaria, el texto recoge tanto la aparición de la imagen, su historia y fundación del convento, como una nómina de los prodigios atribuidos a la misma. Estas contribuciones se deben relacionar, además, con dos aspectos de método muy novedoso y de mucho mérito dadas las características sociales del momento: el que recurriese a fuentes orales para componer su historia y el que entre ellas hubiese antiguos guanches y sus descendientes. Aparte, compila otras obras como la de Gil de Santa Cruz, interpola composiciones en verso o establece una segunda versión acerca de la aparición de la talla (la primera fue de la Martín Ignacio de Loyola) en la que cuenta que la efigie fue hallada por dos pastores en una peña e idolatrada más tarde por menceyes y lugareños.
Fray Alonso de Espinosa: Del origen y milagros de la Santa Imagen de nuestra Señora de Candelaria...(Sevilla, 1594)
Juan de Abréu Galindo
Coetáneo de fray Alonso de Espinosa fue el franciscano Juan de Abréu Galindo. La identidad de este autor se esconde aún tras el más absoluto misterio. Si bien la historiografía académica del archipiélago apunta unánimemente a la existencia real de este clérigo (que habría nacido en torno a 1535), por el contrario, en los últimos años, han surgido algunas voces que afirman que tras este nombre se esconde otro escritor: para unos Gonzalo Argote de Molina (1548-1596), para otros el doctor Alonso Fiesco (1532-1601). Sin entrar a valorar estas disquisiciones, lo cierto es que en la Historia de la conquista de las siete islas de Canaria de Abréu se registran tres capítulos concernientes con la aparición de la escultura, sus milagros, algunas notas históricas o las inscripciones del vestido de la Virgen. El texto de este ensayo debió de quedar concluido en la última década del siglo XVI. En lo tocante a la Candelaria, Abréu sigue en esencia a Espinosa, excepto en la interpretación de las letrerías, elucidadas en esta obra (según criterio de Argote) e indescifrables para el fraile dominico.
Bartolomé Cairasco de Figueroa
Otros historiadores posteriores se aproximaron al tema con una exposición mucho más sucinta, como Leonardo Torriani, que en su obra Descripción e historia del reino de las islas Canarias antes Afortunadas, con el parecer de sus fortificaciones (h. 1590) se limita a dar la noticia de la aparición de la imagen a los guanches. En un ámbito muy distinto a los anteriores se encuentra Bartolomé Cairasco de Figueroa. Nacido en 1538 en Las Palmas de Gran Canaria, hijo de padre italiano y madre canaria, desde muy joven acreditó sólidos fundamentos dentro de la creación literaria. En referencia a la Candelaria, cabe anotar que le dedicó sesenta y tres estrofas bajo el epígrafe «La purificación de Nuestra Señora: Pureza» en el tomo primero de su libro primordial, Templo militante, editado en Valladolid por Luis Sánchez en 1602 ; y la segunda porción de Esdrujúlea, una composición poética inédita en tres partes y que rotuló «Diez y siete canciones en esdrújulos a la Sacratísima Virgen de Candelaria».
En otro orden, las aportaciones de Cairasco a la patrona de las islas no se quedaron en los panegíricos de estos dos libros. El canónigo dejó redactada, asimismo, una monografía dedicada a loar la imagen candelariera: la tituló Stella maris o Estrella del mar, debiendo de estar concluida hacia 1609, cuando Cairasco gestionó su impresión. La muerte en 1610 del canónigo grancanario impidió que ello se llevase a efecto tal y como tenía planeado. Pero treinta y dos años más tarde de su óbito Juan Bautista Pérez de Medina, hacedor de las rentas decimales en Tenerife, ofreció a la casa dominica de la Virgen la entrega del manuscrito para su publicación. En dos escrituras notariales otorgadas en 1642 por los frailes del convento sureño se colacionaron los trámites para imprimir esta pieza que permanecía inédita.
Antonio de Viana
En estrecha afinidad, pues, con Cairasco (al que además consideraba su maestro) se halla Viana, autor de la mentada Antigüedades de las islas afortunadas de la Gran Canaria, conquista de Tenerife, y aparescimiento de la ymagen de Candelaria: en verso suelto y octava rima, impresa en Sevilla por Bartolomé Gomes en 1604 Este texto recoge un poema épico en el que se narra la conquista de Tenerife y otros pormenores históricos. La aparición de la efigie mariana es uno de los referentes primordiales de la obra y a ella se dedican amplias loas y alabanzas. En su discurso, Viana sigue casi en su totalidad las vicisitudes expuestas por fray Alonso de Espinosa en 1594, aunque critica en todo momento al dominico y las tesis que había desplegado sobre la familia Guerra de Tenerife. No podía ser de otra manera dado que dicho libro pudo ser escrito, como supone María Rosa Alonso, por encargo de Juan Guerra Ayala (1563-1615) con el objetivo de subsanar varios párrafos que entonces se consideraron ofensivos a su estirpe.
El poema se coronó en Sevilla, lugar donde el tinerfeño cursaba la carrera de Medicina. A pesar de que en sus estrofas se revela como una voz distintiva, en ocasiones brillante, Viana se apartó de manera voluntaria de la creación artística para consagrase por entero a la medicina, campo en el que disfrutó de una permanente reputación y merecido prestigio. Antes, en la ciudad del Betis, el galeno canario había tenido ocasión de conocer a Lope de Vega (1562-1635). De estos encuentros surgió una relación amistosa, cuyo testimonio más evidente es el soneto laudatorio que el Fénix de los Ingenios le brindó a Viana en los prolegómenos de sus Antigüedades. Y esa relación entre ambos fue la que predispuso por aquellas fechas a que Lope escribiese la comedia titulada Los guanches de Tenerife.
Lope de Vega
Otra comedia que ha sido atribuida a Lope de Vega es la rotulada Nuestra Señora de Candelaria. De igual manera que la anterior, se trata de una obra en tres actos, coincidente en unos años con la prenotada y en la que no falta la escenificación de alabanzas y elogios a la talla mariana. Sin embargo, se la privó de la fortuna de haber sido impresa. De la misma se conserva una copia en la colección de manuscritos de la Biblioteca Nacional de España, en cuya portada figura una anotación caligráfica antigua en la que se adjudicaba su autoría a Vega Carpio. Tras el estudio de este ejemplar, María Rosa Alonso llegó a la convicción de que no se trataba de una obra de Lope, datándola en la segunda década del siglo XVII. Más recientemente, Fernández Escalona ha formulado de nuevo la hipótesis sobre la paternidad de Lope de Vega pero fijando, ahora, su terminación en torno a 1600 (enclavada, por tanto, dentro de una etapa más prematura) y como primera parte de una pieza dramática más amplia y no concluida, la cual más tarde el escritor madrileño aprovechó para apuntalar Los guaches de Tenerife. Esta sería la razón por la que la obra Nuestra Señora de Candelaria ha permanecido sin conocer la tipografía y, aún más, sin haber sido reconocida nunca por su autor.
Juan Núñez de la Peña
Entrado el siglo XVII, la ancestral veneración a la talla tinerfeña continuó sirviendo como pretexto literario: unas veces como elemento de encomio en las dedicatorias de varios libros impresos y otras para desplegar su historia y vicisitudes. En el primero de los casos se encuadraría, por ejemplo, el sermón pronunciado por el dominico Antonio de Lucena (1568-1629) en 1620 durante las fiestas celebradas en el convento agustino de La Laguna por la beatificación del padre Tomás de Villanueva (Granada: Bartolomé de Lorenzana, 1620) y dedicado a la patrona de las islas. De mayor transcendencia fue la dedicatoria que el historiador Juan Núñez de la Peña (1641-1721) ofrendó a la Virgen en su obra Conquista y antigüedades de las islas de la Gran Canaria (Madrid: Imprenta Real, 1676), en cuyas páginas preliminares aparece el expresado homenaje junto a numerosas notas desarrolladas en las partes primera y tercera. En otras ocasiones, por el contrario, la talla aparecida en la playa de Chimisay fue analizada como un icono enigmático.