Carlos Rodríguez Morales
La Candelaria entre guanches
La imagen mariana venerada por los aborígenes, perdida en el aluvión de 1826, era como se sabe una escultura de bulto redondo cuyo mejor testimonio —al margen de las representaciones pictóricas y escultóricas que de ella se conservan— es la descripción realizada por Espinosa, a la que remitimos. Como explicaremos más adelante, pronto comenzó a recibir vestidos postizos que acabaron por esconder la imagen original a los ojos de los fieles, aunque nunca se perdió la memoria de su apariencia. Precisamente su antigüedad y detalles como las letras que decoraban el cuello, mangas, cíngulo y orlas de su manto, mantuvieron vivo su recuerdo y alentaron la curiosidad de devotos y estudiosos. En septiembre de 1589, durante una visita del obispo Suárez de Figueroa al santuario, los dominicos quisieron mostrarle «la imagen desnuda, del modo que había aparecido (que es cosa para ver)», pero el prelado no lo consintió6; esto demuestra que ya entonces la imagen estaba habitualmente revestida y que la observación de la talla despertaba un interés a medio camino entre lo arqueológico y lo devocional.
En 1633 el jesuita Alonso de Andrade, que estuvo en Tenerife como misionero, hizo «copiar a un pintor su forma de escultura, ropaje, postura y forma de las letras que guarnecían las ropas y cintos»7, enviando luego al concejo de la Isla «con una carta muy expresiva fecha en agosto de 1634, algunas estampas de la imagen de la Candelaria y una explicación de las letras»8. Esto supone no sólo la primera noticia explícita sobre un facsímil pictórico de la Virgen desnuda, sino también sobre la existencia de unas estampas de la Candelaria, de las que nada más se sabe. Al margen de estos tempranos retratos, la reproducción del bulto escultórico como protagonista de escenas vinculadas a su hallazgo en tiempo de los guanches no triunfó hasta el siglo XVIII. Frente a las pinturas marcadamente devocionales que la muestran revestida y enjoyada, la difusión de estas otras debe situarse en la primera mitad del Setecientos, centuria a la que corresponde la mayor parte de obras. Fue entonces cuando se multiplicaron sus representaciones asociadas a los aborígenes; entre ellas, tuvo especial éxito una versión que muestra a la Virgen sobre una peña y cobijada en una cueva, flanqueada por dos pastores y a sus pies un rey de rodillas en actitud adorante, tal y como figura en una estampa fechada en 1742 de la que se han conservado algunos ejemplares.

Traslado de la Virgen de Candelaria (grabado)
No contamos, sin embargo, con la información necesaria para datar el origen de esta composición, pues aunque podría valorarse el grabado como cabeza de serie no puede descartarse tampoco que antes ya existieran obras similares. En todo caso, parece probable que la estampa propició la difusión de esta propuesta compositiva a la que se ajustan con mayor o menor fidelidad otras posteriores, diversas pinturas y pequeños grupos escultóricos. Los dos primeros guanches serían los que hallaron la imagen; de acuerdo al relato de varios autores, uno tiene el brazo derecho en alto, detenido en su voluntad de arrojar una piedra, y el otro sosteniendo una tabona o un cuchillo y mostrando la herida sangrante causada por un corte; el tercero sería el rey de Güímar, cuyo rango viene señalado por una corona, en algunos casos de flores.
La Virgen vestida
Como hemos apuntado, es probable que la talla de Nuestra Señora de Candelaria comenzara pronto a recibir prendas postizas, siguiendo una costumbre gestada en época medieval. En efecto, en Canarias arraigó también esta práctica y pronto tenemos noticias tanto sobre la existencia de imágenes concebidas para ser ataviadas como de otras que, aunque de talla completa eran revestidas. Las autoridades diocesanas isleñas —como, en general, las españolas— solían ver con prevención esta costumbre y en distintos momentos intervinieron para controlarla. En 1568 Juan Salvago ordenó en su visita a la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios de La Laguna que «no se le pidan ropas prestadas ni se le pongan a la ymajen de Nuestra Señora porque no es justo que las ropas que se le pusieren las traygan después ningunas mujeres», expresando también que«por quanto algunas mujeres por su deboción dan algunas ropas de paño y lienço para la dicha ymajen y porque no es justo que lo que ellas an sudado y traído se pongan a la ymajen mando que las tales ropas que así se dieren que ayan sido traídas por algunas mujeres y se dieren para la dicha ymajen se bendan y lo que por ellas se diere se compre otra cosa para la dicha ymajen». Pero esta actitud —que demuestra cierta formación y el reconocimiento de los valores plásticos— no tuvo eco en el pueblo, que se inclinó generalmente a sobreponer vestidos suponiendo incluso que la propia Virgen compartía esta preferencia.

Virgen de Candelaria, Cristóbal Hdez. Quintana (1651-1725) Virgen de Candelaria (grabado)
En el caso de la Candelaria, es probable que las primeras piezas de su ropero fueran sencillas; luego el atuendo se complicaría hasta conformar la apariencia recargada y barroca que permaneció en la memoria popular tras la desaparición de la primitiva efigie en 1826. Las primeras noticias que confirman el uso de vestidos postizos se refieren a una información de testigos realizada en 1555 con motivo de un traslado a escondidas de la imagen desde La Laguna —donde estaba «por temor de los francezes»— hasta su santuario. A finales de siglo sabemos por fray Alonso de Espinosa que ordinariamente la imagen estaba vestida y que así se acrecentaba «tres palmos su tamaño y estatura», suponemos que debido a la colocación de algún elemento a sus pies, oculto por los tejidos.
Lamentablemente, diversas adversidades han propiciado no sólo la pérdida de la primitiva efigie de la Candelaria, de su ropero y de su ajuar, sino también de buena parte de la documentación conventual que contenía valiosas informaciones sobre la historia de su culto. Esto condiciona nuestra investigación, aumenta el valor testimonial —casi documental— de los retratos de la Virgen y nos ha llevado a rastrear otras fuentes para comprender mejor la costumbre de engalanarla. Junto a estos vestidos, la imagen recibió también donaciones de alhajas —coronas, joyas de diverso formato, perlas— y otros elementos destinados a su culto y al ornato del santuario —, frontales, cálices, atriles— que acabaron por constituir un verdadero tesoro mermado por el incendio de 1789 y por el aluvión de 1826, y prácticamente liquidado por la desamortización de 1835.

Virgen de Candelaria. Iglesia de Santo Domingo, La Orotava.