martes, 10 de agosto de 2010

 

Juan Alejandro Lorenzo Lima

Uno de los rasgos que caracteriza el estudio de las devociones es su relación con acontecimientos que favorecieron o imposibilitaron su desarrollo, de modo que en ellos se encuentra la clave de lo sucedido a posteriori y de los éxitos que tal medida brindaba a los implicados en promover su adelanto (generosos patrocinadores, clérigos y fieles en un sentido genérico). Dichas circunstancias se convierten en ejes de un discurso histórico que supera el interés puntual y posee una repercusión no menos importante, hasta el punto de que muchas situaciones no podrían explicarse sin sus consecuencias tan variadas. Aplicando esta premisa al culto generado en torno a la Candelaria, resulta obvio que el periodo comprendido entre 1789 y 1826 constituye un episodio de lo más atractivo por los efectos que ciertos sucesos tuvieron para el antiguo icono de la Virgen.

En apenas cincuenta años cambiaría el valor con que era estimado, se arruinó el convento donde fue entronizado durante el siglo XVII (víctima de un pavoroso incendio acaecido en febrero de 1789), los frailes sufrieron muchos contratiempos para promover su reedificación (con trámites iniciados en Madrid y obras que serían suspendidas en 1818-1819 por falta de fondos) y, cuando todo retomaba la normalidad, en 1826 un aluvión destrozaba otra vez el complejo y con él despareció la escultura que tanto invocaron los isleños para paliar sus penas. Se trata, sin duda, de una de las mayores tragedias vividas en el Archipiélago durante el siglo XIX, aunque su recuerdo permaneció en la conciencia colectiva como un castigo de Dios ante la relajación de antiguas costumbres piadosas.

Éstas no fueron las únicas desavenencias de la época para la comunidad de frailes dominicos y la devoción a la Candelaria, ya que antes de 1826 la política de corte liberal propició la supresión momentánea del convento (junio de 1821), el traslado de la parroquia de Santa Ana a su iglesia y la posterior reapertura del cenobio con enormes inconvenientes para sus legítimos propietarios (enero de 1824). El panorama descrito dibuja una realidad compleja y hostil que no afectó demasiado al fervor popular que suscitaba este tema mariano, si bien a él no fueron ajenos los frailes dominicos (desde el siglo XVI responsables de velar por el culto y la conservación del santuario), la imagen de la Virgen (salvada milagrosamente del incendio de 1789, objeto luego de valoraciones históricas) y muchos fieles que no dejaron de estimarla como su abogada ante las calamidades. En este trabajo partiré de tales circunstancias para analizar los hechos más relevantes atendiendo a nuevos avances en la investigación documental, la única clave que posibilita un estudio del tema propuesto.

Sin embargo, aún estamos lejos de comprender su esencia y cuál fue la dinámica que afectó a un fenómeno tan cambiante. La lectura que podemos hacer del mismo no completa la realidad que se gestó alrededor de medidas adoptadas en la época, ya que, por más precisos que sean los testimonios escritos, omiten siempre el interés popular o las expresiones que tal sentimiento motivó en un contexto de apertura hacia el nuevo espíritu ilustrado. Sin solventar del todo estas carencias, sólo nos resta ofrecer una aproximación de dichos sucesos en apretada síntesis, pues su alcance e incidencia deben ser tratados en trabajos que aborden los cambios padecidos entonces con mayor profundidad.

 

                          

                           Virgen de Candelaria. Iglesia de San Eugenio, Navas del Rey (Madrid)


La Virgen triunfante entre los guanches 

Como es bien sabido, el siglo XVIII aportó novedades al culto que la Virgen de Candelaria recibía desde antes de la conquista2. La notoriedad que sus funciones alcanzaron durante la prelatura de García Ximénez (entre 1665 y 1690) se mantuvo en el tiempo y otorgaría al santuario que él reedificó junto a sus diocesanos un esplendor inusual hasta bien entrado el Setecientos. No en vano, en diciembre de 1739 tuvo lugar la consagración del recinto con una ceremonia que presidió el clérigo palmero Pantaleón Álvarez de Abreu, quien ya había sido designado arzobispo de Santo Domingo3. El convento de Candelaria era el más rico de cuantos existían en el Archipiélago y sirvió de referente para un imaginario colectivo que veía en él el edificio religioso de mayor estima en Tenerife, de modo que todo lo que rodeaba a su titular y al espacio devocional interesaba con diversos puntos de vista. Una de estas perspectivas fue sin duda la lectura histórica, ya que para legitimar la trascendencia o superioridad del fervor que sentían los isleños era necesario encontrar testimonios que avalaran tal circunstancia desde su origen, es decir, desde el momento en que el icono fue localizado por los guanches en la playa de Chimisay. Por ello no es casual que en esta centuria se rescatara el imaginario aborigen con el fin de legitimar una función de gran contenido simbólico, antes no conocida o —al menos— no desarrollada con tanta intensidad. 

Rodríguez Morales ha estudiado el tema a través de algunas representaciones plásticas, advirtiendo a la vez que conocidos textos de los siglos XVI-XVII recogían esta noble tradición. Entre otros, los relatos de Espinosa (1594), Viana (1604), Cairasco de Figueroa (1603) o Núñez de la Peña (1676) recordaron la vinculación entre la Virgen y los guanches, aunque sus argumentaciones no coinciden a la hora de narrar la aparición mariana ni el espacio donde tuvo lugar. Si obviamos ese contratiempo es probable que el protagonismo de los antiguos pobladores de la Isla no se olvidara entre los fieles, de modo que llegado el Setecientos sólo era necesaria su manifestación a través de obras muy variadas que responden a un mismo fin. Lo curioso es que este debate se produce antes de que Viera y Clavijo escribiera sus Noticias generales (impresas en Madrid en la década de 1770), ejercicio de verdadera reflexión sobre el pasado insular que aportaba como novedad una metodología moderna o un sentido crítico de interés variable. La cientificidad que aporta el texto de Viera y su relato de la aparición de la Virgen no eran desconocidos para muchos religiosos e intelectuales de la época, quienes citaron argumentos suyos en memoriales redactados con el fin de rehabilitar el convento incendiado en 1789.

 

                         

                                 Virgen de Candelaria. Monasterio Scala Coeli, Teror

Sin embargo, el debate histórico sobre su origen ya existía en las Islas y de él debieron ser partícipes autores de talante ilustrado o instituciones de diversa naturaleza como el Cabildo tinerfeño y el único obispado que existía entonces en el Archipiélago. Aunque luego insistiré en la relación que el Cabildo mantuvo con las funciones de Candelaria y la Orden dominica, no debemos olvidar que tales vínculos influyeron de un modo decisivo en esta medida6. De hecho, las casas capitulares fueron decoradas en torno a 1764 con un programa iconográfico que incluye una representación del icono mariano y de los guanches como signo de su patronazgo sobre la imagen. Documentado como obra del pintor Carlos de Acosta (1737-1765…), el ciclo lagunero se convierte en un claro antecedente de la pintura de historia que triunfará como género pictórico en el siglo XIX y en un instrumento útil que legitima la continuidad del poder aborigen en la institución concejil, presentada entonces como heredera del culto candelariero, de la autoridad concedida en su día por los Reyes Católicos y del amparo que ofrecen otras devociones locales (también se representa en la escena principal a San Miguel en calidad de patrón de la Isla y a San Cristóbal como protector de la ciudad). La vigencia de su mensaje fue notable hasta la desaparición del régimen que posibilitó la actividad de este órgano político, si bien previamente sería restaurado y los regidores debieron tributar cultos a la Virgen en un pequeño oratorio que poseyeron en la misma sede del Consejo (a buen seguro presidido por una vera efigie de la talla antigua con ropajes barrocos y una representación de San Cristóbal). Sin ánimo de profundizar más en el tema, lo interesante es que iniciativas de este tipo contribuían a legitimar un origen histórico de la devoción mariana y a potenciar una reflexión que comparten obras de menor envergadura, ya sean pictóricas o escultóricas.

Iniciativas particulares participaron de esa circunstancia y contribuyeron a legitimar el culto de la Candelaria con un sentido simbólico-testimonial. El ejemplo más atractivo de esta dinámica es el monumento o triunfo marmóreo que el comerciante Bartolomé Antonio Montañés (1714-1784) erigió en la década de 1760 junto al antiguo castillo de Santa Cruz (hoy situado en la plaza que lleva su nombre). La obra es resultado del apego que dicho promotor sentía por la antigua talla de los guanches, demostrable a través de varias cesiones que hizo al convento sureño, su presencia un tiempo como castellano en las fortalezas de Candelaria (donde falleció de modo repentino en febrero de 1784) o la contratación de una estampa del icono primitivo. Lo interesante es inscribir su adquisición en una completa actividad de patrocinio que implica también el encargo de importantes alhajas de plata u obras tan representativas como el lienzo de la Adoración de los pastores (firmado por Juan de Miranda, 1773) que cedió a la parroquia matriz de Santa Cruz. Con todo, no debemos desechar otros vínculos del comerciante tinerfeño con el convento de Candelaria, ya que miembros de la familia Carta con los que llegó a convivir fueron mayordomos de la Virgen y uno de sus más celosos devotos en este periodo.

El triunfo costeado por Montañés es la obra que refleja mejor el ideal dieciochesco y reproduce un modelo de monumento público que tuvo enorme éxito en Europa durante la época Moderna.


Comentarios Aún no se han realizado comentarios.
Añadir comentario:
Nombre *
Título *
Correo electrónico
Url
Comentario *

* Todos los comentarios están sujetos a aprobación antes de ser publicados.
Nos reservamos el derecho a editar comentarios que contengan un lenguaje inapropiado u ofensivo.