Luis Cobiella Cuevas *
Al palmero le ha sido dado el arte de manipular el tiempo: cuenta y se emociona por lustros, medida que contribuye a perpetuar la originalidad de las Bajadas, ese mediodía lustral que nos divide por cinco la edad y nos multiplica por cinco la ilusión a lo largo de cuatro años de víspera. No tengo 85 años sino tan sólo 17 lustros.
Sin embargo resulta que ambas realidades subsisten separadas. Anhelando la unión en-sí-mismante, la Ciudad, cada cinco años, concentra en una semana la edad y la ilusión: una semana que llamamos Grande donde la inminencia del gozo cobra máxima intensidad para deslumbrar y atraer la Virgen lejana. Deslumbrada y atraída, cede la Virgen y baja; y, tras los últimos ecos de la Loa, ingresa en el sacro templo y accede por un mes al más dulce de los secuestros.
A fin de cuentas, la Bajada de la Virgen es un secuestro, el más tierno y celeste de los secuestros. Durante un mes la Virgen se hace gente, la gente se hace Virgen. Alas, que no hierros, guardan la prisionera; campanas y cañones, en-sí-mismados, pregonan un himno de libertad.
En La Palma, cada cinco años, baja la Virgen para que la gente se reconozca parte de un mismo cuerpo. Por eso, lo que primero hace la gente al inaugurar la fiesta es en-sí-mismarse bulliciosamente, en ausencia de todo lo que no sea ella, incluso en ausencia de la Virgen. En el principio no baja la Virgen: baja la gente.
* Compositor