Miguel Ángel Martín Sánchez
La imagen de la Virgen de las Nieves, cubierta con vestiduras casi por completo, salvo la cara, ha permanecido oculta a los ojos de los hombres durante siglos, en tanto que múltiples textos a través del tiempo proclaman su importancia y la devoción de los palmeros. Pero ¿cómo es, en verdad, la imagen escultórica de la Virgen de las Nieves que los paños soterran? ¿De qué materia se hizo? ¿Cómo ha sido conservada hasta hoy? ¿Qué podemos decir sobre el periodo artístico al que pertenece? No parece haber existido nunca esta demanda, ni intelectual ni socialmente, por parte de historiadores y arqueólogos canarios, y, habida cuenta de que esta efigie no es cualquier cosa, el hecho se agrava al ser una de las primeras Vírgenes en llegar a nuestras Islas antes de que comenzara la Época Moderna.
No obstante, tampoco hubiese sido tarea fácil para los especialistas del arte canario, ya que desde la primera mitad de siglo XVII la escultura se mantiene encerrada bajo la amartelada tramoya de una gran campana textil, sepultada por un cúmulo de oro, perlas y piedras preciosas con que se la «decora» suplementariamente en los días de su onomástica. A través de tales ropajes adquirió desde una visión frontal, casi excluyente, una nueva configuración plástica en forma de triángulo, que finalmente enraizó con abrumadora facilidad en la conciencia devota de la isla. Quizá por ello los guardianes espirituales de su iglesia no desean romper esa visión pregnante de los paños y la riqueza que hace gala, adquirida a lo largo de los últimos siglos.
En 1964 —ante un recorrido procesional de la imagen por toda la isla, con el propósito de recabar fondos económicos destinados a las obras en curso del seminario diocesano de La Laguna— se le hicieron al menos cuatro fotos, cuya explicación se encuentra en la necesidad que hubo de cerciorarse sobre su estado y garantizar así cualquier posible deterioro que pudiera producirse durante semejante viaje. Las fotos, como bien cabe suponer, nunca se publicaron pero unas copias que se le habían hecho llegar al profesor Jesús Hernández Perera, catedrático de Historia del Arte de la Universidad de La Laguna, pasaron, tras su muerte, a un archivo tinerfeño, donde fueron localizadas en 2002. Con ellas acudí a la parca información que había dejado publicada este profesor en 1984:
por ser obra de barro cocido, el material en que modelan sus estatuas los escultores flamencos o franceses como Lorenzo Mercadante de Bretaña o Miguel Perrín activos en Sevilla, podría ser sevillana la Virgen de las Nieves, venerada en su santuario de La Palma[2].
Con esta anotación, Hernández Perera formulaba una primera hipótesis de su atribución a un taller tardo-gótico situado en el entorno de la Catedral de aquella ciudad andaluza. Comprobamos a continuación que el estilo no se correspondía con el de Perrín, pero al mismo tiempo se podían ver claras semejanzas formales con la producción en terracota de Lorenzo Mercadante de Bretaña, un escultor que vino del norte europeo para trabajar en Sevilla entre 1454-1468.